I
Mientras el lobo se llena las fauces de leche, una flecha en el corazón de la cierva consuma su matrimonio con él.
La
única prueba de esto es el quejido.
Un hilo de sangre ¾su calor¾ altera el sueño de la temerosa, la tocada, dicen sus padres. Al abrir los ojos, reconoce su mancha infantil en el pecho. De ahora en adelante, los objetos de costura, las tacitas de té la rechazarán para siempre.
Percute
ahí. Aprende a aullar.
Al
menor descuido, será tu pecho lo que amamante al mundo.
Tu
olfato delimita el territorio de lo puro.
Por ahora, quedan los elementos del bosque, el combustible, la niebla. No. Queda la casa vacía, su trajecito de muerta, las fresas maduras.
Toca la cabeza del animal hasta que él te reconozca.
Haz
que los árboles vuelvan en sí.
Al
cuerpo que yace a tu lado,
será
tu blancura lo que le dé el nacimiento.
No hay mamífera
pequeña y profunda/que no intente alimentar lo salvaje.
Hay
un animal/ una hija grávida, llena de leche, llena de pájaros, percutiendo ahí, lejos de la manada.
Sabe
moverse entre las sombras, pero ha traído consigo el ojo materno para ser
vigilada. Ha traído consigo la aurora, el autismo y la fiebre, su coronita de
flores.
Concede
su cuerpo a los milagros del bosque: aun con los ojos cerrados, se puede ver
una ninfa dorada, un caballo del diablo prendido a su pecho.
Criatura
del miedo, ven a libar sobre el corazón de la cierva.
Haz
el performance de ocultar sus ojos en blanco.
Hay
un animal/ una composición invencible, una temperatura en el recién nacido que
avanza hacia el desastre. Pequeño apetito. Percute ahí.
Muy
pronto el bosque ya no podrá contenerlos. Los perseguirán el deseo y los ciclos
de sangre. Se buscarán las manos poseídas por la velocidad de las libélulas y,
para ellos mismos, serán inalcanzables.
CARTA
DE LOS ARDIENTES [ella luce un collar hecho de nieve y besa al hombre suyo,
amamantado por la lumbre de las copas]
Todo lo intercambiamos, devorándonos
Enrique Lihn
No se lo diremos a nadie. Jamás. Hay una ciudad
detrás de la cortina, hay también un puerto. La nieve cubre ahora los
tejados y las barcas. Hace cuatro noches que soñamos con serpientes: es la
marea en esta galería de espejos, la prolongación del contoneo. A cierta hora,
a cierta temperatura, algo en nuestros cuerpos se animala. Hemos aprendido a
devorarnos sin estremecer a los que duermen. En otro país, en otra celda, a
ras de suelo. Con la boca toda alcohol y desmontados, una nueva parada
nupcial nos devuelve a los trabajos de la carne; cometemos, entonces, un crimen
más hermoso. Bramar, decimos, languidecer. La sangre de los ciervos aún corre y
nos mantiene tibios: no comprenderemos nunca el lenguaje del invierno, aun
cuando la nieve, puntual en su caída, suspenda en nuestros ojos la violenta
geometría de los palacios.
A cambio, ataviados con la piel de los mamíferos, acercaremos a la costa la flama prometida por la luz de las antorchas.
A cambio, ataviados con la piel de los mamíferos, acercaremos a la costa la flama prometida por la luz de las antorchas.
: ritual de la desobediencia
Parto
el peyote en dos para buscar mi estrella, mi niño dormido, los ojos de mi
animal yéndose de un mundo a otro mundo.
Algo
(podría ser un hombre cubierto de plumas) me habla con la voz de lo invisible.
No me castiga. Posee el don de la memoria y la videncia, tiene dos cuerpos, dos
soledades, una gramática para curar:
—Deja que un sol mental dore la
piel de la mujer en ti y luego huye. Deja que tu gemela interior, tu propio diablo o culebra haga sangrar a
la flecha. Cuando caiga la noche dormirás contra ti y cavarás un hoyo profundo
en la arena.
Me
quedaré siniestra y temblando a mitad de este desierto/ esperando la llegada de
mi hombre/mujer verdadero.
[FUEGO]
El
animal que adoramos está suspendido en su reino de flores. Su esqueleto será el
instrumento que ordene la tierra. Ahora que estamos a oscuras, ha llegado la
hora de ver.
[LA PALABRA SE HACE POSIBLE]
El
hombre cubierto de plumas destruye una flor dentada en su pecho (canta) y de
esa manera emborracha a las hembras, un viento les coge la mano para llevarlas
al sueño y los ojos en blanco. Oyen al sembrador de semillas, lo siguen y rezan
para embarazarse. Llevan su calavera embrujada, van cambiando de nombre a todos
los cuerpos, confunden los aviones del cielo con aves grandiosas.
[LA HORA EN QUE LOS CIERVOS VAN A BEBER]
Los
despierta la sed y el humo de pájaros quemados por la sombra. A las cuatro de
la madrugada, los hombres que se ahorcaron regresan al monte con mariposas de
vidrio y estrellas dobladas que dejan flotando en el agua bendita.
[EL SOL SURGE DE SU PLACENTA]
Hay
una casa en el aire adonde van a estallar los tigres y los escorpiones. Su
sangre vertical advierte el sacrificio. La música de fondo recuerda ciclos
menstruales. Muy pronto habremos nacido dos veces, y seremos y no la leche
derramada, la osamenta caliente del venado, la cruz de madera hecha polvo entre
las ancas del caballo.
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