miércoles, 14 de julio de 2010

Sobre una extranjería deseable

Instalación de Cristobal Toral

1) Una extraña reivindicación

En casi todas partes, no faltan los que se suman a los logros (colectivos) ajenos. Son los que quieren subirse -no sin cierta actitud triunfalista- a alguna causa externa para reflejarse en algún espejo gratificante. Por mi parte, aunque pronto mi DNI dirá que tengo nacionalidad española, me siento argentino y no tengo deseos de disolver mis huellas. No se trata de una afirmación de arrogancia. Sentirme de otra parte no me convierte en un ser especial y la herencia dista de ser unívoca. Pero aún así, vivo en otro país del que nací y no reniego –ni tengo por qué hacerlo- de mi procedencia. A pesar de ese sentimiento, me considero distante a cualquier reivindicación nacionalista: Argentina es el nombre de un país heterogéneo, poblado de contrastes, al que estoy irremediablemente unido. Es probable que aunque mi experiencia vital en el presente haya producido cambios más o menos perceptibles en mi «identidad» –y me ahorraré toda la vulgata de la «multiculturalidad» y la «hibridación», grosso modo tan cierta como banal-, me seguirán vinculando con esa patria ausente no sólo los vínculos familiares y la memoria de lo vivido, sino también un cierto reconocimiento en algunas de sus gentes, sus prácticas cotidianas, sus modos de vivir la amistad, sus formas de conversar y de intimar.
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Nada hay de extraño en esa memoria y esos reconocimientos, dado que están ligados a la historia que me ha constituido. Tampoco me parece especialmente sorprendente la actitud triunfalista de quienes quieren subirse a las victorias ajenas –incluso cuando uno mismo pueda sentir cierta simpatía ante las mismas-. Lo que en cambio sí me resulta extraño es sentir la necesidad de reivindicar mi «argentinidad» en esos momentos y, contradictoriamente, mi «extranjería», no sólo con respecto al país en el que vivo ahora, sino también con respecto a mi propio país de origen.
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La primera necesidad reivindicativa nace en el momento mismo en que un discurso nacionalista (en este caso, español), de forma arrogante y prepotente, juzga a mi país de arrogante y prepotente. No se trata sólo de una generalización indiscriminada o una atribución ilegítima a un colectivo nacional de rasgos que más bien particularizan a ciertos individuos (agrupables, además, en procedencias nacionales de las más dispares). Se trata de una hostilidad que, aunque disimulada en lo cotidiano, aflora de manera abierta en ciertas ocasiones, como es el caso de una competición deportiva. La competencia, de hecho, activa una rivalidad. Pero cuando la rivalidad se convierte en hostilidad hay que preguntarse qué condiciones no-deportivas están concurriendo ahí.
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Por un lado, habría que referirse a la exaltación de un chauvinismo tan patético como reaccionario (1); simultáneamente, habría que señalar su contra-cara: la estigmatización de un Otro simétrico con el cual quien rivaliza puede sentir que se “mide” o que es “competidor”. Quizás Argentina, por una estrecha relación histórico-cultural que mantiene con España sea, para unas ciertas perspectivas nacionalistas de signo local, un nombre propicio para dar cauce (ser «objeto proyectivo» dirían los psicoanalistas) a ciertos temores colectivos irreconocidos. Como toda proyección, se pone fuera lo que no se quiere reconocer dentro. Desde luego, no habría que desligar ese chauvinismo de una forma más vasta de etnocentrismo: me refiero a la persistente creencia –tan provinciana como imperial- en la propia superioridad étnico-cultural de Europa. Ni siquiera un siglo de crítica lapidaria al «eurocentrismo» y a las «sociedades coloniales» ha logrado desterrar esa creencia mágica que hace coincidir lo mejor de la humanidad con lo que coincide con lo propio. De esa conjugación resulta un discurso hostil (“sudacas”, “muertos de hambre”, etc.) y acusatorio (“soberbios”, “charlatanes”, “insoportables”, “egocéntricos”, etc.) que se remata en el cliché xenófobo por excelencia: “vuélvanse a su país”. Ante esa constelación ideológica, el primer impulso es la réplica desafiante: “sí, soy argentino. ¿Y qué?”. Es cierto que bastaría con mencionar la historia relativamente reciente del largo exilio de ciudadanos españoles o incluso la diáspora de postguerra de cientos de miles de europeos arrojados a Latinoamérica con alguna esperanza de mitigar sus penurias materiales. Lo inmediato, sin embargo, es reconocerme en una identidad estigmatizada. Lanzar un gesto de desafío. Enfrentarme a los que se proclaman en una posición de superioridad, por su mera pertenencia a un “país desarrollado” (noción que, además de ser engañosa, presupone lo que hay que demostrar y más aún en un contexto polémico).
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Sin embargo, no bien me reafirmo en una diferencia estigmatizada –y lo mejor de cualquier «política de identidad» pasa por una trasmutación de valor-, no bien me constituyo en minoría, necesito también contrapesar esa reivindicación con una segunda ligada a la extranjería –a la ratificación de una «política de la diferencia»-, que niega estrictamente la lógica de la primera. “Soy argentino, pero también soy extranjero”. ¿Se trata de una mera contradicción lógica entre «identidad» y «diferencia»? ¿Cómo se puede ser argentino y extranjero simultáneamente? En verdad, esa doble condición parece emerger de la dialéctica entre nacionalidad y extranjería. Sólo se puede ser extranjero si se traspasa una frontera (nacional). Por tanto, aunque haya nacido en Argentina, eso no impide que pueda considerarme, al mismo tiempo, extranjero en todas partes. Eso es decir: mantengo lazos afectivos con el lugar donde nací, aunque el lazo mismo está ligado a una distancia. No me es indiferente el devenir del país en el que nací. No me da lo mismo lo que ocurre allí, incluso cuando sea consciente de que «lo nacional», lejos de constituir un significado estable (referido a una presunta «esencia nacional»), forma parte de los significantes flotantes que articulan los discursos políticos.
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Decía que no sólo me siento argentino, sino también extranjero. De ahí la necesidad de tomar distancia con respecto a esa reivindicación inicial, de alejarme de los rituales nacionalistas, de esa glorificación de la patria que olvida las divisiones internas, las desigualdades radicales, los antagonismos que nos marcan desde décadas. En definitiva, apremio por salirme de todo esencialismo nacionalista, que unifica de forma abstracta grupos e individuos antagónicos, asignándole unos atributos fijos (como la raza, la lengua o la etnia). Se dirá que lo mismo ocurre con conceptos genéricos como «humanidad» o «especie humana». Al fin y al cabo, tampoco estas categorías acusan las divisiones sociales (en términos de clase, género, raza, nación, etnia…). En efecto: no podemos dar por sentada esa especie humana como no sea bajo la forma de una unidad biológica que socialmente es si no interrumpida radicalmente transformada. El trazado de fronteras siempre es una operación estratégica e incluso suelen usarse unos trazados para derribar otros. Ninguna realidad positiva y estable para esas operaciones. Y si hubiera que construir alguna habría más bien que remarcar aquellas fronteras que los antagonismos de clase producen (con prioridad sobre los antagonismos inter-nacionales). Y reivindicar, sí, un internacionalismo de nuevo cuño, donde las políticas de igualdad democrática no quedan circunscriptas a una política territorial de los estados-nación sino que son tomadas como un desafío de instituciones supranacionales.
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A la par que acepto unas fronteras convencionales y móviles (producto de una institución geopolítica reciente) que delimitan comunidades imaginadas limitadas y soberanas (como diría Benedict Anderson), me rebelo contra la separación que producen con respecto a los que están más allá de esas fronteras. Los límites nos constituyen, pero terminan encerrando. En este sentido, se trata no sólo de una extranjería con respecto a la patria imaginada, sino con respecto a unas fronteras inestables que una configuración hegemónica delimita. Entonces, mi doble reivindicación quizás pueda cobrar legibilidad (si no legitimidad). Marca una distancia con respecto a un discurso etnocéntrico y colonialista, implicado en el nacionalismo, que circula también más allá de las fronteras nacionales. No es preciso renegar de la propia procedencia para salirse de ahí. La crítica al nacionalismo no implica el derrumbe del mismo concepto de «nación», pero lo matiza fuertemente, evitando su inflación: el mito de un origen distintivo y distinguido. Alcanza, pues, con evitar convertir esa procedencia en un fetiche o un mito que me habilitaría a posicionarme en una presunta superioridad.

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2) Mito y patria

Vengo de un país que por décadas produjo sobre sí mismo mitos gloriosos que hacían enorgullecer a muchos de sus ciudadanos. Esos mitos son plurales: desde Argentina como “granero mundial” hasta los argentinos como “los mejores en todo” mediante sus ídolos perennes, desde “crisol inagotable de razas” hasta “riqueza inagotable” de una nación, desde la “Europa latinoamericana” hasta la “cantera de talentos”. No caben dudas: ese orgullo nacionalista, con sus rituales de reafirmación colectiva, en más de una ocasión derivó en actitudes soberbias y despreciativas ante los otros; en más de una ocasión, también, fue la base para construir un vínculo asimétrico con otras nacionalidades, abriendo camino a la xenofobia, el racismo y la discriminación étnica.

Retrospectivamente, después de traumas colectivos como los que vivimos en Argentina en las últimas cuatro décadas, es difícil no terminar ridiculizando esas mistificaciones. A la base deshistorizante del mito siempre cabe contraponerle una historización radical. Así pues, muchos de los que nacimos y vivimos en crisis, lo que más bien sentimos es una cierta ambigüedad ante un país con muchas decepciones y algunas alegrías inesperadas, aunque no necesariamente mayoritarias, de reconocernos en ciertas prácticas locales: el juicio a los genocidas -a contrapelo de lo ocurrido en buena parte del mundo-, la creación de modos de autogestión obrera en fábricas recuperadas, el desarrollo de experiencias pioneras de economía comunitaria y de solidaridad barrial, la proliferación de movimientos sociales de lucha por los derechos humanos y el medio ambiente, la remoción de autoridades judiciales y policiales corrompidas, las iniciativas cívicas por la reconstrucción de espacios públicos o por la transformación de barrios periféricos, por mencionar unos pocos ejemplos, forman parte de una historia colectiva en la que también me reconozco. Muchas otras experiencias comunes, sin embargo, defraudaron unas esperanzas compartidas: desde las “leyes de la impunidad” hasta el “corralito”, desde el saqueo bancario hasta la corrupción generalizada, desde la destrucción del estado de bienestar hasta la privatización indiscriminada de recursos públicos, pasando por el crecimiento desmesurado de la pobreza, la desnutrición y el desempleo, por mencionar algunos fenómenos relativamente recientes.
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En cualquier caso, nuestras alegrías siempre estuvieron matizadas por la experiencia de la decepción. Quizás eso explique por qué nos dedicamos, a menudo de forma involuntaria, a cultivar la pasión por la distancia, no como forma de cinismo, renegación o repudio, sino como posicionamiento crítico ante unos discursos patrióticos que sólo fueron formas subrepticias de justificar la devastación social, política y económica. En nombre de la patria se expolió a una amplia mayoría social, se actuó en función de específicos intereses de clase que pauperizaron a las clases medias y populares argentinas, se reconstituyó el tejido social como mapa de desigualdad y exclusión (en beneficio de grandes grupos económicos nacionales y trasnacionales), e incluso se estructuró toda una cultura política dominante en la que la corrupción estructural, el clientelismo y nepotismo político, el personalismo populista y la injusticia –incluso la judicialmente producida- alcanzaron picos históricos. Cierto que podría alegarse que esa representación (ese “en nombre de…”) fue radicalmente espuria, que más bien se trató de una nueva «traición». El corolario de ese argumento sería la defensa de un “auténtico nacionalismo” que defienda las “causas nacionales” y los “intereses de la patria”. En un espacio social fracturado, desde esta perspectiva, un «interés general» genuino debería otra vez ser centralizado. Sin embargo, ¿quiénes serían los agentes de ese nacionalismo genuino y cómo definirían esas causas e intereses? Las respuestas históricas de las últimas cuatro décadas a ese interrogante han sido muy variables (2). En cualquier caso, esa variación constante explica un déficit en la producción de identificaciones colectivas con respecto a «lo nacional» y el escepticismo profundo ante sus supuestos “representantes” (líderes políticos, sindicales, empresariales, etc.). Dicho de otra manera, en unas condiciones de proliferación de antagonismos sociales y crisis de representatividad, no resulta extraño que muchos nos hayamos sentido distantes con respecto a los mitos asociados a ese sentimiento de pertenencia nacional, presente pero atenuado por la repetición del derrumbe.
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No es que tuviéramos algún mérito en especial. Crecimos en una crisis permanente que sólo la miopía podría reducir a su dimensión económica. Lo que estuvo en juego por muchos años no fue sólo ni principalmente nuestra capacidad adquisitiva o nuestra calidad de vida sino, más bien, la crisis con respecto a unas identificaciones colectivas ligadas a la “nación” (como espacio común de reconocimiento) y, por extensión, la crisis con respecto a sus representantes políticos expresos, no sólo por sus carencias éticas graves, sino por sus orientaciones político-partidarias marcadas tanto por un ideario neoliberal más o menos encubierto como por un pragmatismo errático distante a cualquier ideal de justicia. No es extraño, pues, que muchos nos hayamos sentido extranjeros en el propio lugar, incluso aquellos que no se han visto impelidos a migrar o desplazarse a otra parte. Podría objetarse que esa extranjería ha producido perjuicios en muchas ocasiones: el frenesí individualista, el desentendimiento con respecto a la construcción de espacios en común, el repliegue de una ética de probidad pública, la autojustificación hedonista y, en definitiva, la propagación de una lógica de la supervivencia que desata los lazos sociales en nombre de la propia vida constreñida. Sin embargo, habría que apresurarse a señalar que todas esas prácticas nada tienen (ni tenían) de extranjeras. Más bien, constituyen pautas hegemónicas que definen algunos rasgos centrales del capitalismo en su fase globalizadora.

Para decirlo de forma sumaria: la extranjería a la que me refiero aquí es añoranza de una forma de existencia social obstruida por un sistema que desborda pero implica a los diversos nacionalismos. Y es precisamente esa añoranza lo que da lugar a un distanciamiento de las condiciones de existencia del presente. Por lo demás, la fábrica de mitos nacionalistas no tiene patria. No es industria nacional. Por eso me cuesta no reírme cuando se me juzga por los mitos asociados a mi país. Como si cada patria no tuviera los suyos, como si los demás no estuvieran igualmente atrapados por la pugna entre mitos nacionalistas y la apuesta por salirse de ellos, a partir de la invención de una extranjería deseable.


Instalación de Cristobal Toral

3) Migración y nacionalismo

Habría que hacer un trabajo de distinción fundamental para desligar «extranjería» y «migración». El primer término no implica el segundo e, inversamente, el migrante casi nunca es suficientemente extranjero, anclado a menudo a ciertos mitos consolidados de la patria. Un sujeto migrante puede ser, sin contradicción manifiesta, el más férreo defensor de los nacionalismos y tampoco es necesario moverse en términos geográficos para desarrollar esa sensibilidad crítica que define la extranjería. En cualquier caso, aunque suelen confundirse en la práctica, perder esa diferencia semántica da lugar a una práctica de confusión (la misma que lee las migraciones en clave puramente económica). Rehuir de las malas generalidades es una forma de dar cuenta de la singular complejidad de los actos. A la acusación de individualismo ético que suele atribuírsele uniformemente al migrante –incluyendo el juicio fundamentalista sobre una presunta deslealtad patriótica-, no sólo habría que recordar que uno no se va necesariamente para salvarse (dado que no hay salvación en ninguna parte), sino que muchos de los que se quedan forman parte de ese individualismo que dicen repudiar (3).

En cualquier caso, la crítica a los nacionalismos de diverso signo no pasa centralmente por una historia de las migraciones. La migración, en última instancia, forma parte constitutiva de un sistema globalizado que apuesta por regular la circulación de personas en función de la necesidad de trabajadores según los flujos inestables de mercancías y capital. Y aunque las migraciones son irreductibles a esa apuesta sistémica, en cualquier caso, las últimas décadas muestran que una lógica económica globalizadora no significa supresión de una lógica política nacionalista. El crecimiento de los flujos migratorios no equivale a la erosión de los nacionalismos. Lo que permite elaborar esa crítica es la «extranjería» no en su estatuto jurídico sino en su estatuto vital y comunicacional: como experiencia de una distancia fecunda.

Cuestionar la propia patria y exaltar otra, más mítica que histórica, atribuyéndole virtudes metafísicas no deja de ser una operación unilateral. Una crítica radical debe dar lugar a una crítica a la «lógica nacionalista», que exalta unidades político-territoriales que -conviene recordarlo- en la mayoría de los casos han sido instituidas en un pasado no muy distante (y que, para resumirlo, identificamos con la modernidad capitalista). Como extensión a ese nacionalismo, por lo demás, es habitual encontrar discursos que tienden a construir «estereotipos» nacionales, que responden más a unos prejuicios (proyectivos) arraigados en una cultura local que a unas constantes antropológicas de aquellos a los que juzgan. No resulta sorprendente el tráfico acrítico y prejuicioso de estereotipos sobre lo “propio” y lo “ajeno”, el impulso totalitario que se activa contra los otros a la par de la autoexaltación chauvinista. No estamos lejos del «inconsciente fascista» al que Deleuze y Guattari se refirieron de forma memorable. Más específicamente, habría que preguntarse sobre los agenciamientos colectivos que se activan cuando impera un discurso eurocéntrico arrogante, que ensalza las virtudes de Europa inferiorizando a los otros (los “sudacas”, los “chinos”, los “negros”, los “moros”, los “gitanos” y hasta los “rumanos”… ¡pertenecientes a la comunidad europea!). Esa inferiorización, una vez más, alude al mismo tiempo a un repudio fundamental: la construcción de otros estigmatizados en el seno de lo propio. Como si el deseo nacionalista por excelencia fuera extranjerizar a una parte de la ciudadanía, a fin de convertirla en depositaria de lo indeseable.

Hace unos meses alguien me hablaba con petulancia de la “argentinización de España”, para referirse a la creciente corrupción de algunos de sus partidos de masas. A ese pensamiento tramposo –que construye como atributo de una nación lo que es rasgo de una práctica generalizada en países de los más diversos-, habría que contraponer, pues, una respuesta más allá del nacionalismo. Podría haber contestado: “Si España se argentiniza será porque previamente Argentina se ha españolizado”, pero más precisamente, haber dicho: “La corrupción no es un invento argentino. Europa la conoce muy bien, desde dentro”.

4) La extranjería como posibilidad de la crítica

La experiencia de la extranjería remite a constelaciones diferentes: a un estatuto jurídico, en primer lugar, que confiere derechos y obligaciones como ciudadano; a una exclusión con respecto a una comunidad de pertenencia territorial y nacional; a una proveniencia extraña con respecto a un espacio en común; a una diferencia lingüística y cultural reafirmada como pluralidad; a una distancia, finalmente, con respecto a una cultura en común, esto es, como modo específico de concebir y vivir la experiencia con el otro y con el mundo. No se trata de significaciones excluyentes; a menudo se conjugan y se consolidan recíprocamente en la práctica.
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Contra el discurso dominante de la globalización neoliberal que niega toda extranjería política, dando por sentada la inclusión de hecho de todos los seres humanos como consumidores en una comunidad trasnacional e incluso contra un cierto cosmopolitismo liberal que plantea un modelo de ciudadanía fundado en una universalidad de derecho, en el que ya no habría más que ciudadanos del mundo, no cabe invocar entonces un nacionalismo igualmente pernicioso, que construye las diferencias como legitimación de las desigualdades.
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Al discurso del fin de la extranjería habría que contraponer, más bien, la afirmación de que todos somos extranjeros. El problema es cómo cada cual se vincula con su propia extranjería, esa “inquietante extranjería” del sí mismo como otro del que hablaba Freud y que tan lúcidamente retoma Kristeva en Extranjeros para nosotros mismos. Todos somos extranjeros pero no todos nos aceptamos como tales. Quien reniega de esa condición termina proyectándose en otros. Todo repudio nace ahí. En esa renegación de (una parte de) sí que produce la xenofobia.
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Así pues, somos esa distancia con respecto a nosotros mismos. La elucidación de esa distancia es la posibilidad misma de la crítica. Y es esa distancia como experiencia la nos hace interpretar el presente en clave de interrogación, como retorno de lo familiar que contiene lo extraño, del sí mismo como otro, de la extrañeza como corazón de lo presuntamente conocido. No faltan los que niegan ese corazón. Alzan muros para negar lo que los constituye: sus deseos profundos, sus temores más primitivos, sus fantasmas inconscientes. Pero la mediocridad –se sabe- no tiene patria. Cada cultura forja sus mitos, sus leyendas, sus idolatrías. La extranjería no es sino la construcción de una relación crítica con esos mitos, leyendas e idolatrías; una puesta en entredicho de lo habitual.
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Cada cual inventa una fábula para vivir como desea, pero no todo es equivalente. Convertir la historia en fábula mítica puede ser un buen consuelo. Pero el problema de las fábulas es que mienten; tapan la verdad de nuestra experiencia vivida en común. Por eso la extranjería necesariamente incomoda: recuerda la condición fabulosa de lo mítico. Pero puesto que la extranjería no pertenece a nadie, ningún sujeto ocupa el lugar pleno de la verdad. Nos aproximamos a la verdad cuando asumimos la verdad como extranjería. Eso supone un desplazamiento permanente del sujeto hacia aquello que permite interpretar de forma crítica su realidad histórica y social efectiva. Somos extranjeros a la verdad y en esa búsqueda -esa «errancia»- nos reconocemos como extranjeros con respecto a nosotros mismos. Aprender a convivir con esa lejanía es aceptar que ya no se pertenece exclusivamente a ninguna parte: argentino, sí, pero también extranjero.
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Arturo Borra-----------
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(1) Al respecto, conviene señalar que no todo «nacionalismo» adquiere este cariz chauvinista. En términos históricos, dentro de la izquierda política, han emergido diferentes “movimientos de liberación nacional” (basados en una política anticolonialista), especialmente a partir de fines del S. XIX que han logrado una cierta independencia política de las colonias con respecto a sus antiguos colonizadores. Dudo, sin embargo, que legítimamente tras esos procesos no pudiéramos alzar una exigencia política universal relativa al desarrollo de un proyecto de sociedad autónoma, sin tutelajes metropolitanos. Si bien la argumentación de B. Anderson resulta convincente al señalar que no existe relación necesaria entre «nacionalismo» y «fascismo» (Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, México, p.209), eso no implica que no haya relación alguna (y elucidar esa relación sigue siendo en buena medida una tarea pendiente). Es cierto que mientras el «racismo» plantea al otro como inconvertible, el «nacionalismo» no niega la posibilidad de una inclusión de ese otro (a partir de la nacionalización) dentro de la propia comunidad imaginada. Del mismo modo, mientras que la posición racista habitualmente se manifiesta al interior de unas fronteras nacionales, la posición nacionalista se hace manifiesta de cara al exterior. Sin embargo, habría que preguntarse qué ocurre cuando la «nacionalidad», de forma solapada, es construida como una categoría identitaria naturalizada, más allá del estatuto jurídico de la persona. Dicho en otras palabras: si una sociedad instituye como estable la equivalencia entre «nacionalidad» y una «raza» o «etnia» particular, entonces, el efecto del nacionalismo termina siendo la reivindicación racista o etnocéntrica. Tal parece ser la operación discursiva que algunos grupos de derecha plantean en EEUU (que no dudan en plantear como «extranjeros» a una parte de la población nacional). Más en general, cualquier variante nacionalista que construya una presunta «esencia nacional» (una identidad fija) plantea como contratara la imposibilidad de integrar una diferencia determinada. En ese nivel, el nacionalismo puede devenir una forma de fascismo: la superioridad de la nación se materializa en exterminio de los “extranjeros” allí donde estén.

(2) La búsqueda pública del «interés general» ha seguido derroteros distintos y contrapuestos: desde el genocidio de una disidencia política relevante hasta el precario intento de una consolidación institucional desestabilizada menos por el poder militar que por el poder económico; desde la privatización de lo público y el crecimiento del endeudamiento estatal hasta la reconstrucción de un modelo agro-exportador ante el incremento de la demanda externa de materias primas. En suma: más que constatar respuestas que de forma universal han priorizado unos intereses particulares con consecuencias colectivas nefastas, lo que resulta claro es que las respuestas específicas a lo que constituye en un momento dado el “interés general” varían de período en período y de gobierno en gobierno. Como significante en el campo político, la significación de dicho “interés” varía según la posición política en la que nos situemos. Nada diferente ocurre con la noción de «lo nacional-popular»: carece de un significado estable. Su sentido depende de la articulación que un discurso político específico efectúe. Si bien dicha inestabilidad semántica forma parte del juego democrático, al menos para muchos de nosotros el sentido de la democracia ha estado mucho menos vinculado a la pertenencia a una comunidad nacional que a la posibilidad de acceso igualitario a ciertas oportunidades sociales (laborales, intelectuales, educativas, etc.) que, ciertamente, no fueron moneda corriente en las últimas décadas en Argentina para una parte importante de la población.

(3) En este sentido, evitar juicios morales unilaterales tanto sobre los sujetos migrantes como sobre los sujetos nativos es escapar a una lógica binaria y simplista que atribuye comportamientos homogéneos a sujetos heterogéneos. Es tan cierto sostener que algunos grupos de inmigrantes se mueven por los espejismos de bonanza económica sobre alguna patria lejana como afirmar que otros se mueven por el deseo de cambio cultural, por la voluntad de salirse de una específica forma de vida o incluso por una voluntad de vivir amenazada en su país de origen. A la inversa, es inverosímil sostener que la estancia permanente de las poblaciones nativas responde a la altruista «decisión» de defender lo nacional.

20 comentarios:

PÁJARO DE CHINA dijo...

Querido Arturo:

Tu texto es lúcido y doliente. Si todos reconociéramos la necesidad de la extranjería deseable que invocás como el único estado de cuestionamiento posible de lo que nos rodea y de nosotros mismos, otra sería la historia.

Pero vivimos anestesiados por la hegemonía de un capitalismo salvaje, que continúa fabricando pobres a los que regala conversores digitales para disfrutar del "fútbol para todos", en un país en el que nada, absolutamente nada, es para todos, excepto la construcción de la fábula que te venda los ojos.

Agradezco al país en el que nací mi educación en las instituciones públicas y tengo, por este país, un amor incondicional por ciertos seres y lugares entrañables que forman parte de mí misma. Pero a medida que crezco (cronológicamente, quiero decir) me pregunto si no los hubiera tenido, también, habiendo nacido en otra parte. Detesto el nacionalismo. Me rima con fascismo, más tarde o más temprano.

Los años no me traen aceptación ni resignación frente a lo dado; acrecientan mi furia.

Tu escritura revela implacablemente los avances y el derrumbe repetido al que asistimos como una mala película que se proyecta sin descanso. Los avances son obra, invariablemente, de "los de abajo". Son una estrategia formidable de "los de abajo" no sólo para sobrevivir, sino para proteger sus sueños. Son, en todos sus sentidos, una "contracultura", una construcción de la historia "a contrapelo", en términos de Benjamin.

En los años de este último gobierno (ya van siete) mi percepción es que, como de costumbre, se ha sido chico con las grandes y grande con los chicos. Se han liquidado espacios que ya se derrumbaban (como una Corte de Justicia nauseabunda) pero la redistribución del ingreso sigue en lista de espera y los conocidos de siempre (locales y extranjeros) continúan engrosando
sus arcas sin pudor.

Me subleva cómo se ha liquidado o recortado, con extraordinaria crueldad, la medida de nuestros proyectos. Agradecemos la celebración del Bicentenario con cuatro días corridos de carnaval, sin preguntarnos en realidad qué mierda estamos celebrando.

Vi un desfile de imágenes en el que no estuvieron (como nunca han estado), los negros que exterminamos en nuestras guerras y los indios que se cargó la conquista del Desierto; la masacre de la Guerra de la Triple Alianza y otras atrocidades sepultadas en los manuales de historia.

¿Cómo ponernos de pie y caminar con cierta dignidad si no conocemos y reconocemos nuestras miserias más profundas?

Lo bueno de vivir al sur es ver, de algún modo, la foto completa. Vos también la ves, agudizada por la experiencia de una extranjería que se agudiza con el desplazamiento de tu cuerpo.

Hoy a la madrugada el Senado aprobó el matrimonio gay. No siento este avance como patrimonio de este gobierno (que agita la bandera de los derechos humanos por los que jamás, históricamente, se preocupó) sino, otra vez, como un avance de "los de abajo": los humillados y excluidos de siempre y sus incansables organizaciones civiles.

Los admiro por su perseverancia. Admiro a los que no se contentan con los juicios actuales a los represores: se está juzgando a cuatro viejos gagá que se quedan dormidos mientras los sentencian, mientras vivimos rodeados de la vieja "mano de obra desocupada". No hay un proceso especial que permita agilizar las causas. Tenemos, ya, dos desaparecidos en democracia por atreverse a testimoniar el horror, que no tuvieron la mínima protección indispensable para no ser arrancados de sus casas al día de siguiente de dar su testimonio.

(sigo)

PÁJARO DE CHINA dijo...

Firmo cada palabra de tu texto. Hay que alejarse para ver, para vernos. Y creer, fervientemente, que si bien ya no queda un Palacio de Invierno al que tomar por asalto, ese Palacio de Invierno se ha multiplicado en incontables palacios móviles, a los que cada uno debería oponer resistencia desde su lugar.

Ayer Hernán me dijo: "el comunismo no es una lucha emprendida, ejecutada y fracasada; es la historia de un conjunto de luchas continuas".

En esa creencia visceral vivimos y palabras como las tuyas nos ayudan a empujar, día tras día, nuestras propias vidas y la idea, sostenida en los hechos de los "invisibles", de que vale la pena seguir empujando.

Gracias, gracias de verdad por tus ojos limpios y tu capacidad de volcar lo que esos ojos ven en una escritura íntegra y coherente, entre tanto ruido, entre tantas palabras paridas por el ego, el servilismo abyecto y los laboratorios parasitarios que patentan, con nombre y apellido, sus cínicas y burdas anestesias.

Un abrazo muy, muy fuerte.

PÁJARO DE CHINA dijo...

P.S: Volveré a tu texto, en el que hay mucho para detenerse y excavar (y espero que el maldito Blogger -otro mecanismo refinando anti-memoria no se haya llevado a su agujero negro mis dos comentarios anteriores, que sentí la necesidad de escribirte de corrido, llevada por el entusiasmo y el estado de comunión que siempre me despiertan tus palabras).

Ahora mismo me pregunto si todos aquellos que nos guían como un faro no han sido o son, inevitablemente, extranjeros hasta de sí mismos.

Besos.

Arturo Borra dijo...

Cada vez que aparecés esta casita se enciende. Y realmente, quienes cohabitamos por aquí –pocos quizás, pero entrañables (y lo digo desde luego por los demás)- o en otros espacios aledaños, sabemos de tu generosidad sin cálculo, de tu incalculable entrega al diálogo. Por eso amiga sos insustituible. No sólo por la proximidad que trazás, sino también por esa mirada extranjera que ayudás a elaborar.
Y sí, otra sería la historia del mundo si fuéramos capaces de construirnos como extranjeros más allá de nuestra localización geográfica. Por lo pronto, esos males endémicos del racismo, la xenofobia y la discriminación étnica que crecen estrepitosamente en Europa y EEUU –sin hablar de la islamofobia galopante incluso entre “progres”-, digo, esos males al menos serían ya cosa pasada. Pero estamos lejos de esa “cosa pasada”. Todas esas prácticas -esa discriminación institucionalizada- tienen curso libre, desatado el lado más perverso de los etnocentrismos.
Habría que apresurarse a decir que el mismo capitalismo avanzado que promueve estas jerarquizaciones que llevan un germen fascista, en sus momentos de crisis estructural, también produce fuertes regulaciones en el acceso a los mercados de trabajo. Toda la perorata de la “economía de mercado”, de “libre competencia” se va al carajo. Y de repente, la “competencia entre trabajadores” extranjeros y nativos aparece como algo inadmisible. La circulación de mercancías es cortada allí donde la mercancía es el ser humano. No es que defienda ni mucho menos esa forma de circulación, pero su contradicción es evidente.
Anestesiados, “cómodamente adormecidos”, el colapso nervioso ante una pantalla se desata en el mismo momento en que estallan dos bombas en un país africano (mientras su gente mira la final por TV). Esa es la paradoja: mientras parte de la humanidad muere sin tregua otra se siente más viva que nunca ¡aunque sólo sea por unos días! Me digo que el problema no es el “fútbol” como fenómeno aislado. Más bien, lo terrible es que su capacidad de movilización sea superior a cualquier otro acontecimiento público –y no digamos ya político-. Lo grave, me parece, es que toda la energía esté puesta ahí; que nuestro deseo colectivo esté tan despolitizado que sólo halle alojo en una actividad que disfrutan muchos pero con la que lucran definitivamente pocos (incluyendo jugadores elevados a la categoría de “héroes nacionales”). Mentirosamente, la fábrica del festejo colectivo tapa o disimula la división cotidiana. Una fábula que no carece de cierta belleza –de repente, pareciera que todo es unión y alegría- pero que se disuelve en la constatación del desastre.
En cuanto a tu pregunta no sabría responderla. Esos seres y esos lugares –creo- sólo son ahí. En esa singularidad. Pero, simultáneamente, en otra parte también abrigaríamos otros seres entrañables. Claro que uno no sería ya uno sino otro. Tal vez eso esté más ligado a una cultura específica en común que a una “nación”, en la que más bien coexisten culturas diversas. El discurso nacionalista, una vez más, disimula esa heterogeneidad interna. Y, en sus variantes más duras, conecta a ese fascismo que hablás: quiere construir “identidades uniformes” que expulsan todo lo que hay de alteridad en lo propio. Una conjugación posible sería afirmar que el nacionalismo culmina en nazismo.
Por otra parte, amiga, no me extraña que los años no te traigan “aceptación ni resignación frente a lo dado”. En esa furia tuya –y que muchos compartimos- está la única promesa de cambio. En esa rebelión que hoy suena a tantos anacrónica, entregados a la letanía idiotizante del “así son las cosas”. Es esa furia la que va a contrapelo, la rabia legítima que pone sus huesos en la gestación de un sueño, en ir hasta su corazón, en salir de los escombros de lo real.
(sigo)

Arturo Borra dijo...

En cuanto al “último gobierno” comparto tu diagnóstico crítico. La pobreza sigue intacta y la redistribución del ingreso postergada. Y a la retórica de centro-izquierda le acompaña una práctica de corrupción y actos autoritarios que la desacredita o le quita credibilidad. No creo engañarme demasiado al interpretar la hegemonía kichnerista como una variante del personalismo populista que aunque por momentos resulta desafiante con respecto a algunos grupos que antagonizan con las mayorías sociales, no plantea un cambio radical con respecto a las clases sociales. Siempre el “peronismo” ha sido muy hábil para construir un “enemigo” más o menos fuerte (la oligarquía terrateniente, los especuladores o quien sea) para crear “unidad interna”…Por lo demás, hay conquistas puntuales valiosas que tampoco le “pertenecen”. Pero globalmente, no mete mano donde debe meterla y la mete donde no debe.
Como todo líder que reivindica lo “nacional-popular”, ahí estuvo este gobierno celebrando el “Bicentenario de la patria”. Y como vos, tampoco yo sé bien qué estaban celebrando. O quizás: estaban escenificando una representación de lo patriótico que, por lo demás, hace agua todos los días. Ante la crisis de identificación con lo colectivo, se busca crear la ilusión de una “argentinidad” inclusiva, ilusión que el matadero diario niega. Lo decís magistralmente: hubo un desfile de ausentes (los que en nombre de la “nación” naciente masacraron). Y ¿cuántos desfiles espectrales se alzan tras cada “nación”? Hubiera sido una buena oportunidad para disculparnos ante nuestros muertos. Pero los que festejaron prefieren decir: a pesar de los extranjeros –colonizadores, conquistadores, genocidas- nosotros, los representantes de la nación, levantaremos otra vez la patria. Otra vez el extranjero como depositario del mal…la expulsión de la miseria fuera, bien lejos, que no manche la propia identidad.
Los juicios a los represores, aunque necesaria, es otra de esas cosas que representan un ritual de exorcización engañosa. Porque los espectros –esta vez, de los asesinos- siguen operando bajo esa "mano de obra desocupada". En la continuidad de un aparato represivo que no sólo no se ha desmotado, sino que se ha renovado en la ingeniería del crimen y el apriete.
En fin, estas son conversaciones que dan para muchas horas. Para seguir construyendo extranjería, para no “comernos el chamullo” como decía Maradona unas horas antes de que el “chamullo” se hiciera real. Para aprender a vivir en las ruinas, si los Palacios no son más que fábulas entre muros, “countries” del aislamiento entre villas miserias.
En cuanto a lo que dice Hernán sospecho que nos llevaríamos muy bien. Aunque por algunas razones prefiero la idea de “socialismo” radical, no estilo PSOE, también soy partidario de una «revolución permanente», un devenir extranjero que no tiene término, un aprendizaje del compartir que no sea sólo “reparto”, sino sobre todo, entrega al Otro sin abnegación. Las palabras nuestras, querida Mariel, son las que nos sostienen al menos en la elaboración de una lucha, en el intento siempre al borde del naufragio por sostener esa escena en la que los invisibles también quieren ser.
Gracias a vos de corazón, por esta detención en alguien que procura aprender esa extranjería a pesar de todos los llamados a ser mayoría.
Un fuerte abrazo,
Arturo
PD: Yo pienso que sí, esos faros son tales porque se han desplazado del sentido común y de lo socialmente dominante. Incluyo ahí, desde luego, la poesía que me interesa.

Pedro Montealegre dijo...

Ay parece que no se me envió bien el anterior coment. Arturo, es interesantísimo lo que nos cuentas y merece una antención mayor de la que puedo darte someramente aquí y ahora. Me llama la atención muchas cosas, pero ahora me dentengo en lo siguiente: podrías haberte detenido un poco más en lo otro que nos vincula como extranjeros: la identidad de clase. Qué clase -en términos de conflicto y de lucha- ocupamos en las economías de trabajo y simbólicas. La clase, junto con la extranjería, es un término que podría ser analizado casi a la par, porque es lo que nos define no sólo como sujetos errantes, sino también como trabajadores. Los trabajadores y la extranjería (o ambas) como una característica trasnacional, que trspasa conceptos como identidad nacional, género, territorio. Perdona estas ideas sueltas. Besotes.

(pd. También es interesante aquello de que la extranjería siempre te perseguirá, sobre todo el términos de lo que decía Jabés, y que cito en Transversal: el extranjero como un ser sin identidad al que le reclamamos un nombre con insistencia. Por eso, por otra parte -y por otra parte muy lejana- el verdadero poeta es siempre un "extranjero" que no se encasilla, que no se entiende. Que no transa facilmente con códigos dominantes tanto de la oferta como de la contraoferta).

Arturo Borra dijo...

Querido Pedro, una pena que se haya perdido tu comentario previo... Aún así, este comentario se detiene en dos puntos bastante decisivos: la problemática de clase y la cuestión de la poesía como extranjería.
En cuanto a lo primero, aunque podría haberme referido más a una "comunidad de extranjería" (en términos ideológicos y culturales) o a unos sujetos de clase en diáspora, por lo que conozco, en términos sociológicos, no estoy seguro que tales comunidades sean generalizables ni esos sujetos reductibles a las clases trabajadoras. A esos sujetos habría que remitirlos más bien a un análisis de las migraciones y la dinámica del capitalismo globalizado, que segmenta y regula diferentes tipos de desplazamiento según nuestras identidades de clase (que, implican, además, perfiles de cualificación muy variados). Procuré ahondar en eso en otro trabajo, demasiado extenso para ponerlo aquí. Aunque en este pequeño escrito hablo de los antagonismos de clase y su trazado de fronteras que pone en cuestión la frontera nacional, tu apunte me parece pertinente como una posibilidad para preguntarse acerca de las condiciones sociales de emergencia de esa extranjería (política y vital).

En cuanto a la extranjería poética comparto lo que señalás, siempre que admitamos que los discursos poéticos hegemónicos persiguen más bien lo contrario: hacerse "identificables", adquirir una identidad estable, inscribirse en las "literaturas nacionales" y así lograr formar parte de un "canon nacional".
Paradójicamente, los grandes poetas -esos extranjeros- son reincluidos a pesar suyo en esos cánones, aún cuando su devenir testifique más bien su lejanía con respecto a unos discursos centralizados, que forman su "patria de letras" a fuerza de desconocer a los extranjeros (los "bárbaros", etimológicamente, los que no hablan la misma lengua). Esa lejanía poética, cierto, también supone una subversión de los lenguajes estandarizados, lo que a menudo es recibido como "ilegibilidad". Y sin embargo, en esa dificultad, en esa opacidad de sentido, es donde se gesta lo mejor: aquello que está fundando una mirada y una vida nueva.
Mil gracias por detenerte y un abrazo enorme,
Arturo

Demonio del Bien dijo...

Arturo, tu artículo es estupendo y combativo. A muchos les haría bien leerlo. Lo único que no me convence es el enfoque algo abstracto del nacionalismo. Te ayudaría no perder el significado de los movimientos revolucionarios y su nacionalismo de base.
Saludos cordiales.

El demonio del Bien

Arturo Borra dijo...

Demonio del Bien, abordar la cuestión del nacionalismo en unas pocas páginas sería imposible sin un cierto grado de generalidad. Una discusión a fondo me obligaría a precisar tomando casos históricos que muestren la diversidad de variantes nacionalistas -desde los nacionalismos anticolonialistas hasta los chauvinismos de derecha-, lo que obligaría a matizar sus implicaciones políticas profundas. Siento entonces esa deficiencia que no puedo remediar aquí.
De todas formas, me siento tentado a señalar que en el nacionalismo mismo hay algo abstracto. La idea misma de “nación” y “amor a la patria” son abstracciones por las que se puede llegar a matar. El “colectivo nacional” es tan abstracto como real: una comunidad de sentimiento, una simultaneidad de identificación en la que sin embargo ningún miembro conoce a la mayoría de los demás.
Finalmente, aunque voy a agregar una nota sobre las variantes nacionalistas, no estoy de acuerdo que todo movimiento revolucionario esté ligado a un nacionalismo de base. Cierto que hay “movimientos de liberación nacional” de vocación nacionalista; pero también hay otros (p.e. de inspiración marxista) que tienen una orientación claramente internacionalista (alcanza recordar el final del Manifiesto Comunista).
En cualquier caso, muchas gracias por tu señalamiento.
Va un cálido saludo,
Arturo

Abelardo Manuel Martinez dijo...

Querido Arturo:

Creo que la persona que reniega de sus orígenes, reniega de la savia que le hizo nacer, de sus raíces. Esa persona, al final no sabe de donde viene y a donde va, lo que es una sensación de vacío difícil de narrar. Argentina es un país de contrastes como bien dices, un pais culto, independientemente de los devaneos que le ha tocado vivir en los últimos tiempos. Tener una nacionalidad u otra, es lo mismo, las nacionalidades y las raíces se llevan en el corazón, son como el acento que dificilmente se entierra; ahora bien, en mi vida conocí a gente que queriendo ganar puntos en su ciudad de destino, renegaban de su tierra, de forma descarada y doliente, eso si que da pena. Uno puede vivir en comunión e integración con el pais o región donde vive, donde nacen sus hijos, pero es de bien nacidos, no romper el eslabón que durante siglos te atan a tus raíces; seguramente nuestros hijos romperán esa cadena, eso no lo podremos evitar, pero nosotros no debemos jamás.
Un fuerte abrazo

Arturo Borra dijo...

Querido Abelardo, comparto tus reflexiones sobre esas "raíces" que, para mí, están menos ligadas a un territorio que a unos afectos. Conocí en muchos momentos personas que renegaban de su país. Se avergonzaban "ser de". No me sorprende, cuando lo que estuvo en el medio fue una fuerte amenaza a su vida o incluso la verguenza de ciertas prácticas generalizadas. Aún así, es de mínima algo triste, que exige una reflexión sobre la experiencia traumática que puede ocasionar ese deseo de ya no ser parte. En Argentina a mucha gente le pasó algo así.
Ante eso, me parece, la reafirmación es tan necesaria como insuficiente. Porque en definitiva uno está intentando habitar de otro modo. Tomar distancia con respecto a rituales que distan de restringirse a una nación, pero que la atraviesan. Y, sobre todo, tomar distancia ante un nacionalismo -no sólo "poético"- que proclama la superioridad de unos por sobre otros -una de las bases de muchas guerras, aunque no quiero simplificar-.
En fin, mi corazoncito está partido entre varios horizontes. Aprendo como puedo a vivir así. Con la distancia en la boca. Con el deseo de comunión más allá de las nacionalidades...
Gracias por sumarte y aportar tus comentarios.
Va un fuerte abrazo,
Arturo

Jorge Ampuero dijo...

Excelente entrada. A estas alturas y como va la cosa es mejor considerarse un ciudadano del mundo.

Saludos.

Arturo Borra dijo...

Estimado Jorge, mil gracias por tu apreciación y por sumarte a esta tertulia.
En cuanto a lo de "ciudadanos del mundo", en fin, quizás en algún momento podamos vivir así, sin fronteras. Por bastante tiempo, me temo que lo deseemos o no, nos harán sentir que las fronteras no sólo existen, sino lo que es peor, que se instituyen como barreras para la diáspora humana. El "cosmopolita" tiene aún mucho todavía por andar...
Va un fuerte abrazo,
Arturo

GAB dijo...

Creo que nada mas actual que el tema que tocas, precisamente ayer aprobaron (parte de) una ley anti-inmigrante en Arizona, y a ultimo momento se logro detener que no entrara en vigor la parte mas algida de la misma. Justo en estos tiempos que se piensa en el afan global mercadologico y la necesidad de amalgamar las comunidades-estados, se ve que lo sera (incluyente) si y solo si trae beneficios al mercados, y en ese supuesto se disminuye la presion arancelaria, de otra forma la respuesta sera un no rotundo (preocupante este no cuando se trata de algo subjetivo como el valor de la persona) y derivara en leyes candado como la de Arizona.

GAB dijo...

Ahora bien es innegable el legado que una persona que viene de otro terruño deja en el lugar de residencia, inclusive hasta modificarlo, como se ha modificado EEUU, con el avance latino.

Y tal vez la raiz motriz venga de la actitud de extranjeria, de aportar con la riqueza innegable del origen, y adquirir ennobleciendo la noción de residencia.

Aqui esto que es como una carnet de identidad:

Alta traición

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

J. E. P.

Arturo Borra dijo...

Gab, qué bueno que te sumes a esta conversación transfronteriza… La ley anti-inmigrante en Arizona es parte de la política de criminalización de la inmigración que los estados centrales están implementando... Ahora apuntan a imponer jurídicamente que un irregular es un delincuente… o un potencial terrorista… Lo que es peor: en un país que se constituyó sobre la base de los flujos migratorios. Estamos en esa situación terrible, y aunque ahora detengan la parte más virulenta de esa ley, vendrán otras. Con toda seguridad, porque hay un deseo colectivo que empuja en esa dirección, un deseo reaccionario que dice defender los “valores nacionales” (los suyos) y en nombre de los cuales no duda en segregar al otro y cuanto no queda otra, someterlo a la más brutal explotación. La inmigración es vista desde un punto de vista puramente instrumental (como mano de obra barata) y deshumanizante. No extraña que cuando hay “crisis” se la inculpe y se la deshumanice; eso permite los peores maltratos sin el menor remordimiento. Mucho habría que decir sobre el enriquecimiento que produce la diversidad cultural y, en general, el encuentro imprevisible con los Otros. Aún así, a raíz de lo que está ocurriendo en Europa, no parece importar mucho a nivel estatal. La xenofobia y el racismo crecen de modo alarmante, no sólo en sus vertientes “espontáneas” sino, lo que es mucho más grave, a nivel institucional. Desde hace tiempo procuro señalar todos los riesgos que trae aparejado esto… pero me temo que todavía no tenemos cabal conciencia de los peligros que se están gestando a mediano plazo. No sería exagerado decir que “un nuevo fantasma recorre Europa…”. Hace unos días pude ver al fin la conmovedora “Persépolis”. También ahí apareció el doble lazo: “soy iraní”, decía la protagonista, a la vez que señalaba: “me siento extranjera en mi propio país”. Sé que esa extranjería ya es parte indesterrable, y aún así, la hospitalidad haría menos complicadas las cosas.
En fin, muchas gracias por tus comentarios y por ese poema de Emilio Pacheco.
Va un abrazo hospitalario,
Arturo

Laura Giordani dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Arturo Borra dijo...

Laura, otra vez tu presencia ilumina este recodo. Y aunque no se trata de ninguna nostalgia hacia atrás, sobre toda extranjería cae una sombra (que el viejo Freud hubiese llamado “melancolía”). La distancia, la conciencia de una fractura, hiere. Hieren los muros, hieren las fronteras incrustadas en los cuerpos, y ese dolor de distancia aflora a veces, cuando el otro alza alambradas en los vínculos. Pero lo mismo que exige un duelo es también punto de autoconocimiento. La distancia que nos acerca a nosotros mismos, como decís.
Comparto que casi nunca esa distancia es producto de un cultivo deliberado del desapego (tal como lo practica por ejemplo el budismo). Los efectos, sin embargo, se parecen: el conocimiento de uno mismo como extranjero con respecto a sí mismo, como extraño ante el espejo. Ráfaga de extrañeza desde la infancia, decís. Sin lugar en todas partes; y aún así, aferrados a alguna promesa para tanto desasosiego. Sin afuera ni fuero. La memoria y –agrego- la utopía parecen ser los únicos espacios que mantienen la distancia entre lo hallado y lo perseguido -una distancia lacerante y creativa-. En ese nomadismo nos encontramos; en esa extranjería nace una comunidad abierta a la diáspora.
A pesar de eso, los muros siguen intactos. Las subestimaciones, las mezquindades, el desconocimiento del otro. ¿Cómo entonces no residir en una distancia y sostenerse ahí, incluso con el estigma en la boca?
Gracias entonces por dar lugar.
Un beso,
Arturo

Caín dijo...

"No he aprendido a sufrir, toda severidad es inhumana"
Juan Carlos Mestre

Luz de un quinquet
9 pintas, 29 latidos, Gillespie,
madrugada, ganas de hablar.
La generación del 77 íbamos a cambiar el mundo en el fututo
pero los electrodomésticos siguen funcionando en el 2007,
como siempre…
Me pregunto:
Por qué un intermitente puede llevarme a la lágrima, de vasta emoción, por qué siento que me responde, cuando se ilumina su automática luz naranja, y que no estoy solo, que somos dos, objetos comunicándose, que la máquina pretende mi atención, sabiendo antes de que se ilumine sin embargo apenas un segundo antes que así será…
No lo entiendo:
Por qué ladra el borracho a los coches que pasan a su lado.
Es de noche.
Hace frío.
Mientras, la gente ahí afuera insiste, empujando sus pesadas rocas, hacia la pirámide.
En las paredes de mi casa se pudre la luz de ayer por la mañana.
Y yo sigo de pie junto a la ventana, sin tomar ninguna decisión.
Podría quedarme a vivir dentro de esta canción.
A night in Tunisia.
Pienso que:
La oportunidad debe ir acompañada de destreza…
Todos los muebles de casa me observan con rostro de preocupación.
No quiero pensar,
para no atraer su atención, con el ruido de mi cabeza.
Un automóvil ha atropellado al borracho, se apagó el ruido y la furia.
Está muerto, pero no siento lástima.
Tampoco sé qué significa eso realmente, si es salvaje, inhumano o inmoral,
pero es cierto.
Y mientras, la gente ahí afuera no deja de insistir, empujando sus rocas.
Me pregunto:
Debe haber algún motivo por el que todo haya adquirido esta forma,
esta forma de costumbre, en que amanece como una herida sin importancia.
Ya no recuerdo qué clase de paciencia me trajo a este lugar...

Arturo Borra dijo...

Bienvenido Caín a este espacio. Espero que la entrada te haya interesado y gracias por traernos un poema.
Un cálido saludo,
Arturo