lunes, 6 de junio de 2016

"Aparcados en la frontera" -dos poemas de Ana Becciu



La noche va siendo cosa…

La noche va siendo cosa

de aflojados breteles.

La noche va siendo cosa de afligidos breteles,

está delabrada.

Pobre noche sin aquella alba.

La tuviste. La guardaste. La cobijaste.

Y ahora, pensá un poco.

Los breteles:

nos cuelgan a vos.

Pechitos colgados de vos.

Amores redondos en los libros como pechos.

Ellos están allá.

Entre ellos.

Luchan por nosotros.

Por nosotros acá.

Acá es la zona extracomunitaria,

eso dicen.

Hagamos de cuenta que tienen razón.

¿Y de todos nosotros qué?

Porque nosotros eurocomunitarios un cazzo.

Aparcados en la frontera.

Olvidados.

Ajenados.

Ahí está la cosa.

La eurocomunitaria cosa:

ajenarnos.

Yo

y ella y ella y ella.

Mamá es ella

para siempre.

Mamá es extracomunitaria.

Extraeuropa.

La dama bien penada

se toca un pezón peinado.

Se lo tocan. Se lo tocan.

Nosotros. Nuestros pezones

arrugaditos.

La muerte, mamá,

vos no sos europea.

 


El país…

El país. Esa cosa.

Ese acoso.

¿Lo ves venir?

Las cosas que hace para distraerse,

yo.

Las cosas que hace.

Ni su mamá.

No, claro. Ni su mamá.

Porque ahí está la cosa.

La cosa. Mamá. Qué difícil escribirte.

Siempre voy tropezando.

Vamos tropezando.

Vos también, mamá, vos también

tropezás.

Con la cosa, mamá, con la cosa.

Vos también, mamá, tropezás

con mamá.

El escondimiento de todo ese dolor.

El escondimiento de nosotros.

El dolor es nosotros.

Escondidos. Como un dolor.

Vamos. Hagamos como que.

Nos queremos. Dolorcitos.

Dolorcitos ellos que se quieren.

Dolorcitos nosotros.

No nos quieren.

Al dolor nadie lo quiere.

Por eso se atraganta.

Puto. Porque es puto no lo

quieren, por puto.

puto en mi garganta.

Puto dolor.


domingo, 15 de mayo de 2016

«la catástrofe nos comerá el silencio» -tres poemas de Luz Souto


 

Octubre 

A tus plantas

insurgentes

sangran las lenguas.

Al final, el río 

te llevó. 

Delirio de llagas

te volviste transparente,

 y la condensación 

del espanto

se te cayó por capas.

La profecía se quedó

en puro hueso

acumulada

en las caderas de los aparecidos.

Insostenible

construir

en esta dulzura 

de ataúdes sin fuelles

donde arde la intemperie.

Desnudo la sangre

del tropel de muertos,

los nado.

La punzada en la boca 

me devora la historia. 

 

 

 

III

Estos versos no detienen la tragedia

aunque digan “paz” “pacto” “futuro”.

Aunque la multitud tenga orgasmos con

el vocablo “humanitario”, 

seguirás muriendo.

Una y otra vez te asesinarán

y hurgarán en tus muslos. 

La policía te acribillará

como un animal sin pasado.

El océano te encharcará la sangre. 

Aunque siga escribiendo

sobre tu memoria

la catástrofe nos comerá el silencio. 

 

IV


Necesito 

dejar de oler 

la tierra agrietada.

Cada madrugada

el suelo emana

diez muertos nuevos

debajo de mi cama. 

Los escucho agonizar,

cantar,

y hablar de revolución. 

Estoy cansada

de ponerles nombres 

para poder vivir.



Texto: Luz Souto
Fotografías: Elena Shumilova

martes, 19 de abril de 2016

«lo que bajo los escombros aún respira» -poemas de Alfredo Saldaña



Trampantojo

¿Qué advierte el vigilante
más allá de lo que muestra el paisaje?

¿Qué guarda quien protege
el emblema que da nombre
a los desaparecidos?

Velar por lo arrancado,
picar para ver
lo que bajo los escombros
aún respira.

Agrietar. Punzar. Taladrar.

Agujerear hasta dar
un mal paso y encontrarse
en el corazón del aire
con la raíz del sentido.

¿Qué golpe de luz,
qué destello en la noche
hará blanco en la belleza?

¿Qué realidad oculta la mirada
que en rigor no sea un trampantojo?


La vida en la frontera

La vida allí no vale nada,
es entrega y promesa de plenitud,
el lugar donde se abre
la herida de la posibilidad,
donde el territorio
que una mirada alcanza
indica la extensión
de un espacio inexplorado,
no inconquistable,
el resquicio por el que se intuye
que hay una oportunidad
más allá de este mundo.

Allí la vida no vale nada:
lo que se da y se pierde
es todo cuanto nos pertenece.


Anónimo

si acorralado, alejado, bárbaro, cautivo, confinado, deportado, deshauciado, desalojado, desplazado, desterrado, esclavo, excluido, exiliado, expatriado, expulsado, extraño, forajido, forastero, fuera de la ley, fugitivo, hostigado, ilegal, impío, inmigrante, olvidado, outsider, perseguido, perroflauta, postergado, proscrito, refugiado, relegado, salvaje, sin papeles, sitiado, vejado, wet back…

que mi patria sea esa otra que tiene por nombre extranjería


Cueva

Bajo la superficie
hay una mano abierta
que escucha
lo que unos ojos trazan
en silencio
sobre las estrías del tiempo.

Allí eres lo visible

entrando en lo invisible.


Alfredo Saldaña, de Malpaís.

viernes, 25 de marzo de 2016

"y esa soledad suspendida" -cuatro poemas de Ernesto García López


 



y

esa soledad

suspendida

pequeña

vivísima

desmiente insomnios

 

la única que puede sostenerme

sobre este instante de lodo

quien cruza la noche lleva un pedazo

del mundo

 

las invisibilidades tu boca

las mejillas nunca olvidadas

las botellas titilando tu sonrisa de nuevo la luz

y

el infinito caos que se balancea

sobre las piernas de los apartamentos

 

quien cruza la noche lleva un pedazo

del mundo





ASAMBLEA I



la carne forma un pálpito que acaricia, traspasa, transita tan nuestra y cotidiana, cumple palabra en cielo, olores, la historia de las columnas, de las marchas indignadas, ciudad que nunca fue, dormida, inexistente, grande en otra lengua, como ola, si pudiéramos recomponer el alma antimoderna, en una clara perspectiva de sufrimiento de clase, de dominio sin boca, todo aquello que picotea y extiende su mal, frágil y firme, duro y transfigurado, bulliría de esferas, nombre, nombre, sentido acaso, extendido dolor que repta a través del año y la lejanía, como un fulgor vegetal pues desde las cuatro palabras se sabe estéril y por eso navega al origen, para preguntarse, sí, exigir lo justo, aquello que lo alimentó durante toda una ausencia, sería un descenso hacia objetos fundidos, o esa historia que sopla por encima de la piedad y estás tú, indocumentado, perpetuo en espumas, mirando los siglos que caen sobre el arenal, iluminando calladas resistencias, es el espejo, es la melodía que se pudre en su asombro, lo que persiste, lo que atraviesa incertidumbres, lo que se ignora, a fuerza de humeantes estrellas, todos los cuentos de la casa, y todas las casas evaporadas por traiciones y desconsuelos, contaminados, los que se van, un viaje, presencia aquí, convocada por esta voz rebelde que no tiene imagen detrás sino una vida, u-n-a v-i-d-a en llamas por los cuatro costados, mensajera infinita, vienes a este mal porque se prolonga y tarda,



apenas te sostiene

 

 



ASAMBLEA II

falso destino, tanto mirar el cortante sueño que teje madrid, la contemplación de un descenso por calles empedradas que, suaves, fluyen hacia la acampada, desaparecen tras los administradores de fincas, así trabajosamente tu cuerpo funda una ciudad encima de ésta, rescatada, desaparecida hace años de la memoria y el recuerdo, liberada hoy para el amor y tendida hacia su música, que es tanto como decir esperanza-tajamar, silencio libre rondando los malecones, la transparencia es un fragmento, la transparencia lleva una algarabía, la transparencia conoce el magma, se trata (al fin y al cabo) de sobrevivir, resbalar hacia el conocimiento del mundo, hay espacio suficiente para el nombre, luego miramos la sed del plenario y la salmodia del fracaso, son una misma cosa, la palabra encierra su propia mudez e insiste, trasnocha, taconea palabras y tabernas, cuerpos y tabernas, circunstancias y cuerpos que nunca se reconocen porque llevan un cortejo de  preguntas ¿costumbre o soledad? ¿causa del aliento este amanecer donde se guarda tu propia inconsistencia?, agita, leve descanso, vienes a este mal porque se prolonga y tarda,


apenas te sostiene







ASAMBLEA III


sin ser, ave de pescadores, en marcha contra los que desahucian, destello que bajo las nubes ayuda a la otra luz, podemos servir   al capitalismo, podemos levantar el verdugo contra el bálsamo de las colinas, escalar, subir, ahogar la tierra como este horizonte humano, floración de lo contrario, cuando un punto de referencia se borra entre las manos de los adolescentes y hace falta un rostro que brote contra sí mismo, pues en Sol no hay mensajeros, ni esporas de sangre, sólo mi ojo que se vuelve tumulto por donde merodea el amor, no detallaré los sonidos que hace este amor, pero quiero esmaltar ese pequeño acervo de nada, sombra unida al capitalismo que ser- vimos como locos exaltados, un valle que no se expande hacia su descanso sino que dibuja el propio río que apenas se recuerda, recibe los dones de la brizna y el acecho, el campo concertando su abrigada liquidación, prehistoria de máscaras, y la alerta de un lenguaje encallado en el presente, así vienes a este mal porque se prolonga y tarda,


apenas te sostiene


Ernesto García López, de Todo está en todo (Amargord, Madrid, 2015)

domingo, 21 de febrero de 2016

"y el amor, fuera lo que fuese, como una infección" -un poema de Anne Sexton

















Esperando morir

Ya que lo preguntan, la mayor parte de los días no me acuerdo.
Camino vestida, sin marcas de ese viaje.
Después, casi innombrable, vuelve la lujuria.

Incluso en ese instante, no tengo nada en contra de la vida.
Conozco bien las hojas que mencionan,
los muebles que sacaron al sol.

Pero los suicidas tienen un idioma propio.
Como los carpinteros, quieren saber con qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.

Dos veces me pronuncié tan claramente,
poseí al enemigo, me comí al enemigo
le arrebaté su oficio, su magia.

Así, grave y pensativa,
más tibia que el agua o el aceite,
descansé, babeando por el agujero de la boca.

No pensaba en mi cuerpo ante la punta de la aguja.
Ni siquiera había córnea o restos de orina.
Los suicidas ya traicionaron al cuerpo.

Nacieron muertos, aunque no siempre se mueran,
y, deslumbrados, no pueden olvidar una droga tan dulce
que hasta un chico podría mirarla y sonreír.

¡Meterse toda esa vida debajo de la lengua!—
eso, en sí mismo, se vuelve una pasión.
Dirán que la muerte es un hueso triste y golpeado,

con todo, año tras año me espera,
para deshacer con delicadeza una vieja herida,
para soltar mi aliento de su prisión insana.

Compensados así, los suicidas se encuentran a veces 
furiosos con el fruto, una luna inflada,
dejan el pan que confundieron con un beso,

dejan la página del libro abierta por descuido,
algo sin decir, el teléfono sin colgar
y el amor, fuera lo que fuese, como una infección.




Wanting to Die
Since you ask, most days I cannot remember.
I walk in my clothing, unmarked by that voyage.  
Then the almost unnameable lust returns.
Even then I have nothing against life.
I know well the grass blades you mention,  
the furniture you have placed under the sun.
But suicides have a special language.
Like carpenters they want to know which tools.
They never ask why build.
Twice I have so simply declared myself,  
have possessed the enemy, eaten the enemy,  
have taken on his craft, his magic.
In this way, heavy and thoughtful,  
warmer than oil or water,
I have rested, drooling at the mouth-hole.
I did not think of my body at needle point.
Even the cornea and the leftover urine were gone.  
Suicides have already betrayed the body.
Still-born, they don’t always die,
but dazzled, they can’t forget a drug so sweet  
that even children would look on and smile.
To thrust all that life under your tongue!—
that, all by itself, becomes a passion.  
Death’s a sad bone; bruised, you’d say,
and yet she waits for me, year after year,  
to so delicately undo an old wound,  
to empty my breath from its bad prison.
Balanced there, suicides sometimes meet,  
raging at the fruit a pumped-up moon,  
leaving the bread they mistook for a kiss,
leaving the page of the book carelessly open,
something unsaid, the phone off the hook
and the love whatever it was, an infection.

 

lunes, 25 de enero de 2016

«No hay más que arqueología de la pérdida» -tres poemas de "Esplendor saqueado"

 
Pintura de Gabriel Viñals 
 

Ante estos muros bañados de sol
la altura que creí invencible
-el bastión de mi sangre.

                                            (Todavía brillas como una granada nazarí). 
 
En esta ciudad sitiada
despediré el cielo
que ningún lucernario pudo contener.

                                             (Será llanto de hombre en su derrota:
                                              secretos incomprensibles
                                             escaparán de las cúpulas
                                             y seguirán resplandeciendo en mi destierro).  

Último rey de la tristeza:
un viento desmesurado se llevará la alhaja
que no supe retener.
 
[Boabdil, Granada, 1492]
 
 Pintura de Gabriel Viñals


“¿Quién construyó la Tebas de las siete puertas?”
Bertolt Brecht

 

No
hay nom-
bres alzados
hasta la cúspide,
calendarios cubriendo
el desierto, suma del escarnio,
aritmética del desastre, altura prometida,
sin este atroz olvido de las manos, la derrota
colosal de los hombros para tanto esplendor saqueado. 
No hay monumento más que en lo efímero: no más que
cúmulo de sollozos, efigie sin misterio, amarra de las reverencias,
plegaria sin rostro, una añoranza como un músculo desgarrándose
en este polvo que nos iguala y crece en el intervalo entre dos extinciones.
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No hay más que montaña que corta el cielo, lo invisible soportando el vértice,
siete millones de gravidez, soberanía en la que reposan las profanaciones.
No hay más que declive disimulado en los ajuares, un corredor ciego,
puerta falsa para una residencia sin descanso ni dicha.
No hay Nilo que arrastre a la orilla la memoria
ni caliza que preserve del delirio del mármol:
no más que arrebato del tiempo, usurpación,
geometría desmentida por los esclavos,
maldición que espanta a los vivos,
duración que se desmorona
sepulcro de oro para
la misma disipa-
ción de
huesos.

 
[Egipto, s/f]


  Pintura de Gabriel Viñals

 
Y quizás no haya más que un poema
rescatado del río turbio
que somos.  

No más que poema entrecortado
rapto tendido frente al asombro  confusión
de la retina
ante la mano que labra
su ilusoria eternidad.

Y quizás no haya poema:
sólo un grito
       sin garganta        
una protesta contra la disolución.

 Poema de lo que escapa  
poema de las declinaciones         gravidez
que no aplasta
las revueltas del sueño. 

También la ausencia
tiene una historia: odisea sin héroes
sepultura de los días sin inventariar
oscuridad que desde el fondo nos mancha.
 

Nadie puede alcanzar la constelación
en la que gravitan los cuerpos
la espesura del vacío
la tensión de los tendones
que postergan el sueño terminal:

 no hay más que arqueología de la pérdida. 

 

[Esplendor saqueado, 2010]
 






ESPLENDOR SAQUEADO, de Arturo Borra
Atelier Siba, 25 de noviembre de 2015 

Por Pilar Verdú 

Un libro de poesía lo es, entre otras cosas, porque convoca en nuestros oídos y en nuestra memoria otras voces que ya nos constituyen para sumarse a ellas, para ampliar la constelación personal que a cada uno nos ampara y nos guía cuando nos perdemos en el bosque.  El libro que Arturo Borra ha tenido a bien dejarme entre las manos, ha ejercido esa llamada y ha puesto mi sangre en pie para recibir esos entrecruzamientos que hacen más tupida esa red salvadora. Esplendor saqueado resulta ya un título bastante explícito, reforzado por la cita que lo sigue: “No hay más que arqueología de la pérdida”. Porque se canta lo que se pierde, como bien sabía don Antonio, que por otra parte, lo sabía casi todo.

El primero de los poemas del libro está puesto en la voz de Boabdil, y no sé ustedes, pero para mí Granada es, de inmediato, Lorca, Luis Rosales y después Carlos Cano, quien, con su Casida del Rey chico, me ofreció una magnífica clave de lectura de Esplendor saqueado. Canta Carlos Cano con su habitual elegancia:  

En el fondo de un aljibe me encontré

la tristeza que matara al rey Boabdil.
Y a la sombra de un almendro la dejé

por los montes de Guajar-Faragüit,

por ver si cuando el tiempo de la miel
la luz del pensamiento diera flor

        

Lo mismo que Carlos Cano hace Arturo: coge la tristeza que matara a los reyes-metafórica o literalmente- de tierras perdidas, de amores perdidos, a la tristeza que matara a esas mismas tierras por verse saqueadas, y, con toda delicadeza, las deja a nuestros pies de almendro por ver si cuando el tiempo de la miel / la luz del pensamiento diera flor. Pensar sobre la historia para no repetirla, lograr que la luz florezca y no haya más derramamientos de sangre como los que nos siguen anegando todavía hoy.

                Otro ensayo sobre budismo y cristianismo que tenía entre manos me susurró una preciosa historia que también casaba con esto. Un compasivo monje budista ha erigido en Taiwán el Templo de los Dios Rotos, en el acoge las figurillas de dioses populares chinos o las estatuas de bodhisattvas budistas (seres sensibles iluminados) que los fieles despechados han tirado. Arturo, de algún modo, con mirada compasiva, recoge también los restos de esos hombres poderosos que hoy miran hacia atrás sobre lo que tuvieron, que comprenden de repente lo que Quevedo supo formular tan bien: que las glorias de este Mundo/ llaman con luz para pagar con humo.  Ni las más disparatadas fantasías megalómanas se pagan de otra manera.

Por estas páginas transitarán Burckhardt, el explorador europeo que encontró las ruinas de Petra en 1812, o Saha Jahan I, que mandó erigir el Taj Mahal para su esposa favorita y acabó contemplándolo desde la cárcel en la que le encerró su propio hijo. Vemos el Templo del Gran Jaguar de Tikal, considerado la puerta del inframundo, la tumba del rey Ah Cacao; la Gran Muralla china, falsa defensa, en cuya construcción fallecieron diez millones de obreros; las Catacumbas, ciudades subterráneas de los muertos. Contemplamos Estambul, anagrama de la vanidad hasta que el resplandor se desvaneció. Y también Camboya, Alejandría, Camboya, Isla de Pascua, Tenochtitlán, Machu Picchu, Atenas.

                Esto es Historia con mayúsculas, pero Arturo se preocupa también- acaso más- de la intrahistoria. Como él es un obrero que lee, a Bertol Bretch entre otros muchos, se pregunta por quién construyó la Tebas de las siete puertas, quiénes habitaron esos lugares, sobre qué hombros viajaron las piedras de las pirámides: lo invisible soportando el vértice. A la postre, total, el polvo nos iguala, la misma disipación de huesos. Este poema es también visual puesto que los versos conforman una pirámide en cuya base aparece otra invertida. Porque la estética, en esta obra, es un valor muy presente. No olvidemos que este libro es, además de eso, que ya es, un objeto artístico per se, porque Gabriel Viñals se ha encargado de añadir su visión particular, lo cual establece un puente entre artes muy enriquecedor. Es el trigésimo primer título de la colección Poética y peatonal; poética es evidente por qué; Peatonal porque, sin duda, sus autores viven con los pies en la tierra, a ritmo de paseante, sin dejarse llevar por la voracidad de la prisa urbana.  Y así, paseando, es en muchas ocasiones cuando Arturo se entrega a lo que él llama “atención flotante que permite escuchar el latido de la palabra.

Viñals considera que el arte puede ser útil, decorativo, efímero y sirve para vestirnos, además de por dentro, por fuera, y por eso pinta camisetas inspiradas en cada uno de los libros que pasan por sus manos. Nada mejor que presentar este libro aquí, en Atelier Siba, un espacio también donde arquitectura, poesía y dibujo se hermanan, y nos hermanan a todos los presente. Esa es la función del arte: que cada uno se conozca mejor para poder conocer al otro, y que las fronteras entre el otro y yo, entre el dentro y el afuera, las fronteras en general, se desdibujen. Como dijimos antes, Borra tiene los pies en la tierra, y sabe cuánto sufrimiento hay en ella, y escribe también sobre ese desgarro, no con la intención de prestar su palabra a quienes no tienen, porque eso supondría erigirse en portavoz-y sería un acto de soberbia - y porque un poeta como Arturo no presta su voz: la regala, la entrega porque es ahí, en ese lugar de lo irrenunciable, donde puede renacerse y sobre todo, cuestionar(se). La actitud de Borra ante el mundo, y ante la literatura, es la de la mirada crítica para desechar los clichés que alambican y menguan el pensamiento. Dirá Borra: La literatura, si no persigue la demolición de cualquier tópico, se convierte ella misma en uno. Este verso-prácticamente aforismo- pertenece a  Modelos para (des)armar, (guiño a su compatriota Cortázar), en el que queda constancia de que la literatura es para él un trabajo exigente, instalado en la preguntas, subversivo, critico para aprender y abrir así caminos, porque solo conociendo la realidad puedes detectar en ella los huecos, las fisuras por las que entra el aire. Dirá, por ejemplo, Cobijar lo singular de los otros: esa difícil, improbable apertura que evita cristalizar lo que fluye, irreductible a los juegos de la filatelia. Nadie puede entenderse a sí mismo si se desvincula de su prójimo: no somos islas, somos un archipiélago en resistencia. Solo el encuentro posibilita una construcción de la hermandad. Ese es el camino único, como este ejemplar; poético, como este ejemplar; peatonal, porque somos nosotros, las personas de la calle, quienes hemos de tratar de cobijar lo singular de los otros. Es lo mejor, sin duda, que podemos darle a la poesía y lo mejor que la poesía puede darnos, lo mejor que podemos darnos unos a otros. Ese sería el verdadero esplendor, que no admitiría, jamás, saqueo.




 


¿Qué sociedad no ha soñado su propia eternidad? El testimonio de esa lucha contra la erosión del tiempo no arroja más que victorias pírricas: el trazado de una belleza derruida, documentos de cultura y barbarie, como diría Benjamin.
 
Esplendor saqueado parte de una investigación histórica de diferentes monumentos culturales. Pero en vez de una historia monumental, queda una arqueología de la pérdida -rastros de un derrumbe, nombres borrados. Por eso se trata de una reflexión sobre nosotros mismos y nuestras experiencias más básicas, desde la soledad hasta aquellos encuentros -más o menos efímeros- que dan sentido a nuestras vidas. Tras esa estela, persiste la memoria de lo arrebatado, el trabajo arqueológico del poema como exploración de la ausencia.
En vez de una simple constatación melancólica, sin embargo, lo que persiste es la voluntad entusiasta de dar cuenta de la fragilidad de toda tentativa humana. Sólo desde ese reconocimiento nace la promesa de una comunidad inédita.
Se trata entonces de una ética del sujeto: la que parte de la fragilidad universal para dar lugar a los otros y a lo otro. La hospitalidad nace de ese reconocimiento del otro como condición constitutiva de nosotros mismos. Precisamente porque somos finitos, porque el sujeto no es autosuficiente y porque la megalomanía nos conduce a la destrucción común, saber de un esplendor saqueado prepara las condiciones para un habitar diferente, ligado a la posibilidad de una vida que parte de las ruinas de lo Real.

Arturo Borra