miércoles, 9 de febrero de 2022

«El lenguaje, el otro y el otro del lenguaje» - Alberto Cubero


 


escribir no va a disipar la noche / donde un brillo / extemporáneo / insiste

desde lejos / partimos / hacia la asfixia

Son versos pertenecientes a “Desde lejos”, el más que interesante poemario de Arturo Borra. Versos que resultan, en mi opinión, paradigmáticos de la obra. La noche y su insistencia, la asfixia con la que todos hemos de lidiar, especialmente los más desfavorecidos, la palabra con su aliento y sus rejas, la lejanía en la que ubicamos al repudiado, pero también la lejanía que constituye a todo ser humano respecto a su propio núcleo. Y, a pesar de todo lo anterior, la esperanza, que aparece a lo largo del libro como ese brillo extemporáneo, pero que uno tiene la sensación de que palpita constantemente en sus páginas.

“Desde lejos” es un poemario caleidoscópico en el que se entrecruzan una incesante indagación en los límites y posibilidades del lenguaje, el extrañamiento ante la existencia, ante el maravilloso e incomprensible hecho de vivir, pero también ante el hecho de dejar morir al otro con la indiferencia de la que sólo es capaz el ser humano. Se entrecruzan, también, las pérdidas -incluyendo la insondable pérdida de la inocencia- y la memoria, el deseo y el miedo, esas dos farragosas caras de una misma moneda.

En esta encrucijada el lector encuentra una multiplicidad de sendas por las que transitar, eso sí, sin salir indemne de ello, tal es la tensión significante que genera, en palabras de Octavio Paz, este organismo verbal generador de silencio que es “Desde lejos”. Sí, los poemas de Borra generan ese silencio que únicamente puede proponer la palabra que nos deja al borde de una visión, un desplazamiento emocional o la creación de nuevas hendiduras en el imaginario.

Escribe Arturo Borra en el poema que abre el libro:


retornar a la extrañeza / al filo horadado de las cosas

sostenerse en la cuerda floja: funámbulo en el borde del sentido

desde ese asombro / mirar de nuevo


Y en el segundo poema:

yo no sé quién sabe qué

y yo no sé / y vos no sabés / quién sabe VIVIR


Ya en estos primeros poemas, el autor nos dona hondura y una afilada intuición, características propias de la poesía con mayúsculas, expresión que, sin duda, resulta una suerte de pleonasmo. Jugando con el conocido aserto de André Breton, la poesía o es convulsa o difícilmente podremos nombrarla como poesía. En efecto, esa convulsión se da en el poemario en diferentes planos, entre otros:

El lenguaje como dádiva, pero también como condena, proyectada ésta en la imposibilidad de una comunicación plena, es más, en una lucha de la palabra con lo impronunciable en el intento de que éste se revele y pierda su condición.

La falta como condición inherente a la existencia y como generadora de ese deseo que se constituye en motor e inecuación del sujeto.

La espera de lo ignoto, pero también su búsqueda y la riqueza de lo que se recoge en el camino, en pos de un no-lugar.


Alberto Cubero


Publicado originalmente en "El coloquio de los perros" (26/01/2022). Para leer la reseña completa, pincha aquí.

lunes, 29 de noviembre de 2021

«La pulsación del árbol» -tres poemas de Raquel Jaduszliwer

 




Se astillaron las ramas, caían pájaros

sin claridad alguna, sin motivo,

plenamente inconscientes,

caían como frutos,

se desgajaban de la realidad.

 

La escena era como de fin de mundo.

aun así, se trataba de una estampa viviente:

había un pálpito verde, retumbaba

a través de las hojas.

 

Se dice que fueron días de revelaciones,

que el prodigio no ha vuelto

y que la memoria lo registró todo.

 

 

 

 ¿Acaso conocías la pulsación del árbol,

su corazón con un latido único?

Recuerdo ese sonido como de planetas 

moviéndose por extensiones que no recorrerás,

y si apoyaras tu cabeza en el regazo,

en la aspereza de la astilla,

escucharías la voz de la madera,

ella te haría sentir un huérfano en tus huesos

y todo te pondría tan de otra medida,

tan abstracto te ves en lo viviente,

casi sólo una idea, como un animal solo, sin especie,

solo y adentro de tu pensamiento,

solo bajo el inmenso poderío del bosque,

su camino sombreado entre el cielo y la tierra,

tu espíritu vagando por el desorden verde.

  




 Los que se fueron, qué saben de la época

¿apoyan sus cabezas en la sonoridad más propia de la época?

¿acaso los desvela nuestra perplejidad?

quién sabe merodean por la noche,

ven cómo nos agitamos envueltos entre sábanas,

quién sabe se preguntan por el mal de la época,

razonan desde su antigua condición de muertos,

sacan sus conclusiones, aventuran,

en este caso, dicen,

la pesadilla es una consecuencia,

un reflejo tardío que sacude a los quietos,

asalta por la noche a los perplejos,

sorprende a los obnubilados.

 

Uno por uno los destroza

les dice que ya es tarde.


Poemas de Raquel Jaduszliwer, de “Ángel de la enunciación”, Editorial Mora Barnacle, Buenos Aires, 2020.

Imágenes de Wim Wenders, de "El cielo sobre Berlín".

 

lunes, 18 de octubre de 2021

«en el resplandor que desgarró el instante» - tres poemas de Pablo Queralt





 # 

Tal vez goteando en el odio que me arranqué

y deshilé hasta que se apagaron las luces

y amaneció dentro de los ojos un solaz

donde la luz se apila y multiplica tal vez

por las palabras que no escribí por falta

de práctica por no poner el corazón  guardado

que siempre llega tarde tal vez por que las marcas

que nos recuerdan que nos hicieron o por que si

cambiás el mundo no te va a acompañar

en tu nueva conciencia

o por que hay ciertas cosas que no se arreglan.

 

#

Los días de la semana se pusieron naranjas 

verdes lilas amarillos en un polvillo de flores

jugando con el viento al fondo del sonido del tren

sincopados en esa rima ya sin pensamientos

acumulándonos en esa luz de reloj

que camina que vive para construir

nuestra molicie en vez

de organizarnos un mundo.

 

#

Me dí cuenta que estaba soñando

en ese murmullo de coral y quedé inmóvil

en ese aire del desvanecimiento donde ví

mi vida a la velocidad donde las aguas

se rompían y abrí otra vez

los ojos al compás de unos peces pequeños

blancos en una blancura estallando

en el resplandor que desgarró el instante

y no hubo más remedio que seguir

respirando maldiciendo soportando.


De Pablo Queralt, en Biosfera del amateur, Ediciones Camelot. 



lunes, 5 de julio de 2021

"Solo la nieve cruje" -un poema de Joseph Brodsky

Pintura de J. Ch. Dollman



Elegía mayor a John Donne

 

John Donne está dormido. Y todo alrededor.

Duerme el piso, la cama, los cuadros, las paredes,

la mesa, las alfombras, el cerrojo y la aldaba,

la cómoda, el ropero, la vela, las cortinas.

Dormidos la botella, el vaso, las jofainas,

el pan y su cuchillo, porcelana y cristal,

la vajilla, el reloj, la lámpara pequeña,

ropa blanca y armarios, los frascos, la escalera

y las puertas, dormidas. En todo está la noche.

Y la noche está en todo: late en cada rincón,

en los ojos, las sábanas, los papeles, la mesa,

en el discurso a punto y en todas sus palabras,

en el montón de leña del hogar aterido,

en las grandes tenazas, la ceniza, el carbón.

En chaquetas y botas, las medias y las sombras

del espejo y la alcoba, la silla y su espaldar,

de nuevo la jofaina, sábanas, crucifijo,

la escoba de la entrada, pantuflas y sillón.

Se durmió la ventana, la nieve en la ventana,

el blanquísimo alero del tejado vecino

que termina en mantel. Y el barrio en ese marco.

Se han dormido los arcos, los muros, las ventanas,

adoquines, fachadas, rejas, mazos de flores,

(no rechina una rueda ni se enciende una luz),

las verjas, su ornamento, las cadenas, los postes.

Dormidos los portones, los ganchos, las manijas,

cerrojos, picaportes, pestillos y balcón.

No se oye ningún ruido, ni un susurro, ni un golpe.

Sólo la nieve cruje. Todo duerme. Y aún falta

para el amanecer. Castillos y prisiones.

Balanzas de pescado, los cerdos en canal,

las casas, los traspatios. Y los perros de presa.

Y en los sótanos, gatos con orejas enhiestas.

Los ratones, la gente. Todo Londres ya duerme

con un sueño profundo. El velero en el puerto.

Bajo su casco, el agua nevada balbucea

en su sueño y se funde con el cielo dormido.

John Donne está dormido. Y el mar junto con él.

Y la costa, tan blanca como cal, junto al mar.

La isla entera sumida en un único sueño.

Y hay justo tres candados para cada jardín.

Duermen arces y pinos, olmos, cedros y abetos,

laderas de montaña, arroyuelos y sendas.

Duerme el lobo y las zorras. Y el oso en su guarida.

La nieve ya ha cegado todas las madrigueras.

También duermen los pájaros. No se escucha su canto.

Ni siquiera en la noche el graznido del cuervo,

la lechuza y su risa. Calla la inmensa Albión.

Una estrella titila. Corre un ratón, furtivo.

Todo duerme. Reposan en paz todos los muertos

en sus féretros. Mientras, en sus lechos, los vivos

duermen en camisones tan anchos como mares.

Solos. Profundamente. Algunos, abrazados.

Todo duerme. Los ríos, las montañas, el bosque,

las fieras y las aves, el mundo muerto, el vivo;

sólo hay nieve cayendo de este cielo nocturno.

Pero también encima, sobre nuestras cabezas,

todos duermen. Los ángeles se olvidaron del mundo

azaroso y los santos duermen en su vergüenza

santa. Gehena duerme, y el bello Paraíso.

A esta hora no hay nadie que se atreva a salir.

El Señor se ha dormido. La tierra le es ajena.

Los ojos no ven nada, nada capta el oído.

También el diablo duerme. Y a su lado, dormida,

reposa la discordia sobre los blancos prados

de la campiña inglesa. Los jinetes ya duermen.

Y duerme la trompeta divina del arcángel.

Los caballos, dormidos, se mecen en el sueño.

Los querubines duermen juntos bajo la cúpula

de la iglesia de Pablo: sin ninguna canción.

John Donne está dormido. Se han dormido sus versos.

Imágenes y ritmos. El hallazgo feliz

junto a la rima floja. Vicio, angustia y pecados

callados por igual, reposan en sus sílabas.

Cada verso le dice al vecino de al lado

“por favor, hazme sitio”. Pero ya están tan lejos

de las puertas del Cielo, son tan pobres y densos

y puros que parecen encarnar la unidad.

Todas las líneas duermen. Y duerme la severa

cúpula de los yambos. Los córeos, a ambos lados,

son como centinelas que también se han dormido.

Y duerme la visión en aguas del Leteo.

Hay algo más: la Fama duerme profundamente.

Las desgracias, dormidas. El sufrimiento duerme.

Y a su lado, los vicios. El Mal abraza al Bien.

Los profetas ya duermen. Una blanca nevada

se afana en el espacio buscando manchas negras.

Todo, por fin, dormido. Los libros, apilados,

los ríos de palabras, cubiertos por el hielo

del sucesivo olvido. Y duermen los discursos,

con todas sus verdades, las cadenas de ideas

sueltan gemidos sordos desde cada eslabón.

Todo ha sido cubierto por un profundo sueño.

Los santos, el Demonio, sus pérfidos sirvientes.

Sus hijos, sus amigos. Sólo se oye el susurro

de la nieve cubriendo los oscuros senderos

en todas las esquinas de esta inmensa región.

 

Pero, escucha, allá lejos, entre heladas tinieblas

alguien llora y susurra, como atemorizado.

Alguien allá se encuentra a merced del invierno.

Y gime, entre las sombras. ¡Es tan fina su voz!

Fina como una aguja. Pero sin hilo alguno.

Y boga entre la nieve. Solitaria, zurciendo

la tela de la noche con el amanecer.

En torno, sólo el frío. ¡Qué tono tan agudo!

“¿Quién llora allí, quién gime? ¿Acaso tú, mi ángel,

que aguardas en la nieve como aquellos que esperan

la vuelta del verano, o un amor que regrese

entre sombras, a casa? ¿Eres ese que grita

entre la oscuridad?”. Pero nadie responde.

“¿O acaso son ustedes, divinos querubines?

El sonido del llanto recuerda un coro triste.

¿No se habrán decidido a abandonar de pronto

mi catedral dormida? ¿Son ustedes, tal vez?”

Silencio. “¿Eres tú, Pablo?” Pero no, no lo creo,

pues tu voz se ha cascado con severos discursos.

“¿Serás tú, cabizbajo y canoso, quien llora?”

Pero sólo el silencio llega como respuesta.

“¿Me habrá dejado ciego la mano que aquí abajo

se encuentra por doquier? ¿Acaso serás tú,

mi divino Señor? Disculpa si mi idea,

te parece algo absurda, pero ¡suena tan alta

esa voz que solloza! Silencio. ¿Quizás tú

Gabriel, fue quien sopló la divina trompeta

y alguien ladra a tu lado? Abro apenas los ojos

y todos los jinetes ensillan sus caballos.

Sigue todo en reposo. En brazos de la sombra.

Los galgos abandonan los cielos en tropel.

“¿No serás tú, Gabriel, ese que en pleno invierno,

solo con su trompeta, libera la emoción?”

 

“No, John Donne, soy tu alma”. Que a solas, afligida,

me lamento en el Cielo. Por haber dado a luz

con mi propio trabajo todas esas ideas:

pesan como cadenas. Pero con esa carga

te alzaste entre pasiones y pecados, más alto.

Y fuiste como un pájaro que voló sobre el pueblo,

los tejados, los mares y el lejano confín.

Descubriste el Infierno, el que habita en nosotros,

y ese que nos aguarda, atento, en las afueras.

Pero viste también la luz del Paraíso,

que circundan a coro las pasiones más tristes.

Y te fue dado verlo: la vida es como tu isla.

En medio del océano, de pronto te encontraste

cubierto solamente de tinieblas y truenos.

Sobrevolaste a Dios y apuraste el regreso.

Pero tienes un lastre que te impide elevarte

hasta allí donde el mundo son apenas cien torres

y las cintas de ríos; donde, si contemplamos

desde tan alto el Juicio Final no nos da miedo.

Un país donde el clima es siempre inalterable,

y todo nos parece el sueño de un enfermo:

el Señor, desde allí, es esa luz lejana

que brilla en la ventana una noche sombría.

Hay campos que el arado no ha mordido hace siglos.

Sólo el bosque levanta muros en derredor,

sólo la lluvia danza sobre las altas hierbas.

Y el primer leñador que esos predios cabalgue

con miedo en la espesura subirá al alto pino

por si divisa un fuego en el medio del valle.

Todo son lejanías y confines inciertos.

La mirada resbala despacio en los tejados.

Hay demasiada luz. No han ladrado los perros.

Y tampoco se escuchan repiques de campanas.

De pronto advertirá que todo está muy lejos.

Tirará de las bridas, se adentrará en el bosque.

Y al instante las bridas, el caballo, el trineo,

y hasta él mismo se vuelven algún bíblico sueño.

Y me lamento, y lloro. Porque ya no hay salida.

Está escrito que debo regresar a esas piedras.

Nunca podré alcanzarlo habitando esta carne.

Sólo con ella muerta podré volver allí.

Sí, sí, me quedo sola. Te dejo para siempre,

enterrada mi luz, para siempre olvidado.

¡Y cuánto me tortura el estéril deseo

de seguirte y zurcir esta separación!

Mas ¡silencio! Mi llanto altera tu reposo,

sin fundirse la nieve se agita entre tinieblas,

va zurciendo lo roto, aguja que va y viene.

No soy yo la que llora, John Donne, son tus lamentos,

yaces en soledad y tu vajilla duerme

en las estanterías mientras la nieve vuela

desde el oscuro cielo; mientras la nieve vuela

sobre tu casa en sueños: rara revelación.”

 

Como si fuera un pájaro, que reposa en su nido:

le confiesa a una estrella —oculta entre las nubes—

de una vez y por todas sus ganas de pureza:

una senda intachable, ansias de mejor vida.

Semejante a los pájaros, tiene un alma inocente:

su senda terrenal, que atraviesa el pecado,

luce más natural que un nido de corneja

sobre los nidos grises de los estorninos.

Como si fuera un pájaro, despertará mañana

Reposa ahora debajo de ese blanco edredón

que ha zurcido la nieve al enhebrar con sueños

el espacio entre su alma y su cuerpo dormido.

Todo duerme. Ya esperan su final unos versos

que han abierto sus bocas con dientes disparejos,

dejémosle el amor terrenal a los vates

y el otro, espiritual, que sea carne de fraile.

Da igual sobre qué rueda vertamos estas aguas

pues seguirán moliendo el pan de cada día:

es cierto que podemos compartir nuestra vida,

mas ¿quién compartirá con nosotros la muerte?

Raída está esa tela; quien se esfuerza, la rompe.

Desde cualquier extremo. Se va, vuelve otra vez,

más tarde sufrirá con un nuevo tirón.

Pues sólo el firmamento celeste entre tinieblas

puede empuñar a veces la aguja de los sastres.

¡Duerme, duerme, John Donne! Duerme, y no te atormentes.

He descubierto muchos huecos en tu casaca.

Ahora, colgada y triste. Quizá asome, entre nubes,

la estrella que tu mundo conservó tantos años.

 

De Joseph Brodsky (2018): El explorador polar, Kriller 71 Ediciones, Barcelona, trad. de Ernesto Hernández Busto y Ezequiel Zaidenwerg


miércoles, 28 de octubre de 2020

«En el borde del sentido» -cinco poemas de Arturo Borra





[Poética I]


 Retornar a la extrañeza

-al filo horadado de las cosas.

 

No volver: revolverse: ser revuelta íntima.

 

Sostenerse en la cuerda floja: funámbulo

en el borde del sentido.

 

Ir más a fondo

al subsuelo de la mirada

hasta toparse con los cristales

resquebrajados.

 

Que el vacío se convierta en lugar de lo naciente.

 

Desde ese asombro –mirar de nuevo

y que no todo hienda.



[Genealogía]

 

Como un perro ciego

buscar un hueso en la tierra seca

-cuando ya no es posible ver

y la noche se abisma

en la añoranza: ahí

entregarse a tientas

-hacerse palabra arrebatada

al aullido.

 

Embarrar tus patas heridas

por la alambrada que separa

los jardines del baldío insondable

donde naciste.

 

Solo entonces pronunciar

la cifra desconocida del cielo.

 


[Condiciones]

 

la condición es callar

tapiar los labios

coser la boca

cortarse la lengua

 

la condición es no mirar

mirar sin ver

cerrar los ojos

celebrar la ceguera

 

no tocar

que el tacto no se moje

que las manos no se abran

(los dedos quietos)

 

taparse las fosas nasales

entregarse a la fragancia

de los cementerios

 

alzar la sordera

sacrificar el ruido

aislar la casa

de los incineradores de la historia

 

luego decís algo

mirás un rincón

palpás la noche

olés la furia

escuchás el ruido

de un llanto ronco

 

y te vas

tan lejos

como te deja

tu esperanza

arrodillada



[Expulsión]

 

expulsado de la infancia

vivir fue deslizarse

por arboledas secas

buscando

una copa verde

que no desaparezca

junto al hacha

que otros llaman

«mundo»


[Lengua común]

desayuno con mi dolor, le digo buenos días, me despido antes del laburo con una sonrisa forzada para que no se le ocurra acompañarme, intento tenderle una manta, hacerle más llevaderas las horas, poner algún incienso en la estantería (a falta de altar); aunque no pueda curarlo le hablo a mi dolor, haz algo le ordeno mientras lo acurruco en mi vientre; no me atrevo a invitarlo pero tampoco lo expulso, le hago espacio en la cocina, enciendo una fogata en el suelo o una hornalla para que pase la madrugada, le dejo dos pedazos de pan o un poco de menta para que respire mejor o se le vaya la congestión de sus ojos abyectos

 

ni por asomo le digo ya pasará ni le miento con otro cielo; no insinúo su redención y no se me ocurre insultarlo cuando se marcha apretando los dientes o cuando regresa lleno de niebla

 

le hago hueco a este dolor que tampoco es mío, lo invito a mi mesa, ceno con él; digno hasta para contener su hambre o romper las farolas de una calle desierta, yo le pregunto y él agradece dos veces, haciéndome saber que no es peor que todas esas fiestas ciegas que mira por la ventana cuando se queda solo con sus sobras farfullando no sé qué paraíso

 

se hace pesado me dice este dolor aunque no protesta ni pide nada para sí mismo, se brinda casi con entusiasmo, se pone a hacer garabatos con su tristeza, me mira como queriéndome decir algo mientras yo lo abrazo y le pido que me cuente una historia mientras él ríe, sueña, sigue masticando su historia, dice buenas noches y promete no dejarme a solas 

 

A.B.


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https://www.edisofer.com/desde-lejos.html


"Impersonalizar el relato con el propósito de ensangrentar la vida, desamarrar la palabra del sentido que la enclaustra, arder en el desaliento de la elipsis, sofocar su terca ausencia y su insoportable temperatura, descuajar la maleza con la que la vida se atraganta, escarbar hasta dar con lo que se halla encubierto, cuidar la imagen del abandono sin violentar la levedad aérea de su hueco, sustituir la forma personal por la deriva irrefrenable de un infinitivo que no se detiene, que va, insisto, aún más lejos y se derrama como el agua que rebasa el límite del caldero, tales son, en mi opinión, planteamientos desde los que se ha escrito este asombroso libro de Arturo Borra".

Alfredo Saldaña