domingo, 13 de julio de 2014

«un desierto a la deriva» -fragmentos de Mario Montalbetti


 


hay un desierto a la deriva

enterrado entre tormentas

hay un escorpión inteligente
 
tallado en cada muerte
y hay una muerte tras otra
 
entusiasmadas con la religión
 
aves frías te golpean la cabeza
y aprendes enseguida
 
hay un río dentro del río
 
fabricando fiebres delicadas
hay una puerta detrás de la puerta
 
y un bizcocho detrás del mundo
 
excavamos en los días de la tiza
vertebrado / invertebrado
 
escribimos para tapar los hoyos
y reparar las faltas
 
hay un ángel de barro acantonado en posición fetal
y al fondo un enemigo intolerante
 
hay un musco que contiene réplicas
de todo lo que has oído
hay un libro que repite todo lo que escribes
y otro que escribe todo lo que repites
 
hay un sol partido en dos
y una sombra espesa en la escisión
hay un perro perdido en el ojo de la horca
(cada línea es un río una calle un color imaginario
 un número irracional en medio de una suma infrecuente
el rostro cambiante de una ventana un amanecer en tu boca
una lápida una lápida que no coagula...
 
porque cada línea contiene su propia ausencia
porque cada línea no importa
 
la escala termina con la forma
los ritmos y las texturas se desbandan sobre las dunas
la aridez se hace rama inquebrantable)
 

de todas las huellas / escoge la del desierto
de todos los sueños / el de las bestias
de todas las muertes / escoge la tuya propia
que será la más breve y ocurrirá en todas partes
 
 
decimos nada sobre todo
buscando a aquél que lo dice todo sobre nada
 
sobre la mesa hay animales vivos y flores amarillas de montaña
 
muertes simples que se clavan en la tierra como estacas de plata
estampas de los santos gregorio santiago y Benedicto
 
la luna vacía y el sol de invierno
 
 
los pies de aquellos que pisarán los granos esta noche
los tambores los cuernos en espiral y agonías que besan los cielos
el violón de madera balsa las cuerdas de metal
 
todo está sobre la mesa
sobre la mesa las hojas de coca y los nevados
y los ríos de obsidiana
 
las piedras que se repartirán a medianoche
y la medianoche entera
besando el corazón de un cóndor y la voz de una mujer
que irá de casa en casa buscando a sus familiares todo esto
 
 
todo esto está sobre la mesa
 
¿por qué lo hacen de esa manera? así lo hacen así lo
hacemos
 
sobre la mesa las tormentas y los vientos y los lagos
de altura
la sed continua de las gargantas en las islas
 
 
el diario secreto de las amazonas
el manojo de rosarios cuyas cuentas no conocen
todavía
el paso fugaz de las yemas hacia la redención
 
 
todo está sobre la mesa todo esto
 
 
así lo hacen así lo hacemos
cañas negras vibran entre sus labios
saliva espesa lame las caries negras
cerdos de patas negras con negras circuncisiones
merodean en silencio
 
 
todos lo saben todos los han visto
y están todos ciegos de ver tanta ausencia
 
 
se ha ido
 
puso al ave intoxicada
sobre el abismo y dijo
alcanza al ave de fondo
y resuelve el suspenso
de toda esta geometría
 
vuela en silencio
abriéndote al espacio
que no toma en cuenta
el espacio que ocupan
las cosas llamadas reales
 
el ave descendió tres
tormentas espirales
y encontró al ave
que laceraba su letargo
colgada de un rayo de porcelana
 
aquí hay alguien
que se ha ido y que ha dejado
esta succión i> y termitas en todos los peldaños
y en todo este espacio abierto
 
 
los niños nacen sin cerebro
 
 
y encierran sus cabezas en bolsas de plástico
y deambulan por el desierto
 
como astronautas atormentados
medio millón delicadamente
 
 
desolados por esta versatilidad
de la repetición
hallan
 

 
un muslo un fémur un párpado
 
 
y una sanguinaria homilía sobre esta visión
que no hay ojos que vea
propiamente
 
 
porque es aguja y agujero al mismo tiempo
el mismo nervio
óptico
 
 
y en todo este espacio abierto
 
 
los senos están secos y las tibias tibias
 
 
hallan
 
el gran decorado de fondo que sigue su viaje
 
más de lo mismo tras más de lo mismo
como una piedra encerrando el fósil de una piedra
 
 
todo este espacio y ningún lugar donde ponerlo
vacíos
los niños aspiran el ágil plomo de las tardes frías
y cargan de tumor sus tristes tálamos
 
 
sordos a las palmeras
bajo cuyas palmas se indigestan
 
 
y ciegos
 
 
con cada muerte me vuelvo más lento
menos elegante y me recuesto en piedras
 
 
que son cráneos dormidos en el desierto
mi lengua está tatuada de sed
 
 
y las tormentas caen como flores
que caen de otro planeta
 
 
por fin el fin que no admite comienzos
o esta redención
 
entierro mis ojos
estudio mis manos mis uñas
son rabia fosilizada
 
 
persistencia del cólico de los árboles
ramas negras contra el cielo dorado
y el invierno sobre el invierno
 
 
el tiempo transfiere su ponzoña al paraje
los sueños nos despiertan picoteándonos los ojos
 
 
persistencia del cólico de los océanos
el primer sonido es un eco del último
peces de agua dura rellenan los desiertos submarinos
 
 
siete pozos son los siete días y veinticuatro
muelas las horas decapitadas por la marea
 
 
persistencia del cólico del fuego
naufragio de las hojas de té en agua hirviendo
 
 
una pared blanca con cien sombras que danzan
entre lluvias secas un fandango sangriento
él muere ella murmura y muere
 
 
persistencia del cólico del colibrí
por eso mira fijamente a la muerte en los ojos
 y le hinca el pico afilado hasta dejarla exangüe
 
 
y transfórmale sus oscuros humores
en néctar absurdo que sólo la adicción redime
 
 
persistencia del cólico de los perfumes
llevo en atados aromas sombríos que emanan de la tierra
 
 
lentos desastres son estos cantos de amor
 
 
esta montaña gris o esta bola de acero
 
 
este ascenso inesperado a 5000 metros
el vago huayno que me trajo hasta aquí
 
 
describe lechuzas negras y amores cortos
ensangrentados
 
 
ver en la oscuridad o a través de ella
caer de aviones
 
 
danzar al son de once arpas afiladas
 
 
el altiplano me debilita / nunca estuve ahí
 
 
nunca estuve ahí
ese ichu inerrante o esta mesa turquesa
 
 
esta muerte no es muerte
 
 
cómo será tirar a 5000 metros
estrangulado por el aire raro
 
 
o por el vómito de un ave carbonizada
nunca estuve allí
 
 
nunca estuve ahí
nadie está bien
 
 
esta débil precocidad de la sinrazón
este vado
 
 
este viento que otras bocas chacchan
más voraces y más insanas
 
 
nunca estuve ahí
 
arden las hojas secas
verdes fuera de si
 
 
lo que cambia entra
en combustión
se vuelve otra cosa
de otro color
 
en el estanque las carpas
rojas escarban
donde el espacio
no puede entrar
 
 
toma té
tres sorbos
tres veces
 
del corazón emigran
sueños solitarios
 
siguen las direcciones
de las ramas que caen
sobre el agua
 
 
solamente en una canasta
de vientos
puedes llevar tu vida
 
 
el fuego pesado de la hoguera
reconoce el carrizo
y huye de las malas
 

 
lo que adquiere forma
está condenado
a perderla
 
té / tres sorbos más
 


 
De «Fin desierto»

sábado, 14 de junio de 2014

"lo que suena en el índice el miedo": un poema de Jorge Esquinca





Antídoto
Cómo el amor, cuchillo, lenguaje del arrimo,
diente oculto en una encía de niebla. Para decir,
cómo, mordedura, singladura en la planicie
interna de tu muslo. Es ahí, cuchillo, la encarnada
estrella que ramifica, la reviniente mutación
de su corola. Cómo, amor, la mansedumbre
ofrecida sin más, cuchillo, el yo transfigurado.
Pero tu raíz en vilo, tu respiración en una nada
de aire, dora del cielo, rizo de luz enrojecida —ah,
cómo anima este mendrugo sin un cómo de palabra.
Dime cuchillo, arrima tu labia de sangre en el oído,
oye lo que suena en el índice del miedo, lo que se
decanta en la cutícula y dispara en tu centro la voz
sin voz, la quebradiza nube del no saber, amor,
en que te incendias. Lame tu hoja. Irisa los pistilos
de tu flor-mordedura, pero vuelve, pero quédate
y venga tu reino. Ah gobierno de oros contra espadas,
ah, tu política de racional advenimiento. Cómo decir
de ti, cuchillo, cómo de tanto, amor, la voz trastoca
el fiel de la balanza. Dime lo nevado en la piel del tú
o dime nada. Cállame con ti, disuélvete conmigo.
Alguien pisa esta zona de tolvaneras. Alguien dice.
Guárdame cuchillo, en el filo de ti, iluminado.

Jorge Esquinca

domingo, 25 de mayo de 2014

El sonido de las cortezas: algunas anotaciones sobre «Antes de desaparecer» de Laura Giordani




Hay quien aproxima su oído a las cortezas para escuchar lo que late inaudible tras ellas. Contra el vértigo, escucha el rumor de las hojas, acaricia esa vida diminuta que sostiene lo visible, se convierte en “guardiana del tacto” para cuidar lo vulnerado y “en voz bajita volver a nombrar”. Las palabras entonces se desnudan: desentumecen las manos frías. El pecho se agita más allá de la elocuencia. Tiembla -balbuciendo un alfabeto desconocido. No por alguna incapacidad retórica que alguien vendría a corregir con un despliegue deslumbrante y sin trabas. Por deseo. Como desistir del oro saqueado -y no querer quedarse más que con la fragilidad de lo existente, sin erigirse en cumbre o fortaleza. En la afasia de la lengua. No querer más que esa materia que tiembla debajo de la envoltura vacía de una chicharra después de la muda, esa “caja de resonancias rota en la que ahora sólo canta el viento”, tal como apunta Laura Giordani en su nuevo poemario, Antes de desaparecer (Tigres de papel, Madrid, 2014), tras la estela de Materia oscura (Baile del sol, Tenerife, 2010) y Noche sin clausura (Amargord, Madrid, 2012). 

Desde esa fragilidad, de la consciencia de los pasajes o la metamorfosis incesante de lo real, la escritura recupera una segunda inocencia: vuelve a creer en pequeños milagros, sin ingenuidad. Revisita los muertos que pasan por la orilla, recomienza el viaje perpetuo por las cunetas, se detiene en lo sumergido, reconstruye los escombros de la dicha o esas experiencias terribles en las que la bondad o la compasión son fulminados.

Volver a creer, pues, no desde la certeza o un saber preconstituido, sino desde la apuesta por una incertidumbre que movilice los pies. Puede que al final ya no sepamos nada y sólo persista la sensibilidad ante lo que es ultrajado. Puede que ni siquiera sepamos qué significa el extraño ritual de conjurar esos espectros con el material lábil de la escritura: quizás una superstición o un bálsamo, en cualquier caso, una forma de demorar el derrumbe. 

Segunda inocencia: la de decir nuestra verdad ahora y desde ahí, rescatarla del río que nos arrastra hacia la extinción, afrontar el limo que la memoria deja, detenerse en sus rincones más secretos o acallados. Fuera de cualquier metafísica del equilibrio, Giordani elabora una «ciencia de los hundimientos» que bien podría condensarse en estos versos: “Remover la tierra del corazón:/ todavía hay barro”. En efecto, se trata de un retorno hacia un pasado todavía activo, allí donde lo omitido y lo recordado se ligan de forma inextricable.


Desde esa perspectiva, el trayecto íntimo de Antes de desaparecer podría interpretarse como una «genealogía del sí mismo», aunque se trate de una genealogía que se articula a un contexto histórico-social más vasto que le da sentido: un período marcado por la dictadura militar argentina, un país incendiado por los secuestros y las desapariciones, una familia acorralada por el miedo, el silencio terrible de los que observan tras la ventana o cuchichean “mientras baldean la vereda con fervor intentando en vano atajar el campo”, las huellas inmemoriales del daño o los signos del desastre en cada esquina. O, en otro orden, los espacios donde asienta toda memoria, lo que hay de singular en ella: un parque donde jugamos, un árbol de infancia, el sonido de las hojas y todos esos recodos del recuerdo donde la tibieza todavía sigue siendo posible.

En esa extraña intensidad del pulso, bastante infrecuente por lo demás, aflora un «contenido de verdad» que rebasa su carga histórica o espacial. Ante todo, ese contenido es de carácter ético: una verdad que se erige contra la crueldad, que reconstruye desde las huellas de lo desaparecido la posibilidad intacta de otra vida, que nos interpela no tanto desde la evidencia del desastre como desde la necesidad de salir de ahí. Una verdad –por más engañoso que suene el término- que nos atañe humanamente: como ese sobretodo azul que, al abrigar a alguien, nos abriga a todos de esos abusos que siguen perpetrándose cada día.

 el sobretodo azul que pusiste
sobre los hombros de la muchacha aquella
volvía empapada del interrogatorio
temblando
la mojaban la picaneaban
cada noche
la dejaban junto a tu colchón
con un llanto parecido al de un cachorro
ese gesto a pesar del miedo
a pesar del miedo te sacaste el sobretodo azul
para abrigarla
no poder dejar de darle ese casi todo
en medio del sobretodo espanto
la dignidad puede resistir azul
en apenas dos metros de tela
y en esos centímetros que tu mano
sorteó en la oscuridad hasta sus hombros
sobre todo






El lenguaje adelgaza hasta el hueso, el monosílabo, la palabrafundida. La sintaxis se quiebra; las formas trastabillan, los fragmentos cortan. En suma, lo poético sobrevive en la prosa de lo real, quizás para decir lo que no puede pronunciarse: una atmósfera espectral, una ciudad perdida en medio de la llanura, un aire que no sabemos respirar, un tabicamiento que presentifica lo siniestro que retorna en su extraña familiaridad.

Quedan entonces los poemas sin propiedad: esa lengua impropia, inapropiable, plástica a fuerza de romperse o desgarrarse, como una infancia interrumpida abruptamente, una tierra que transita de los diminutivos que nacen de la dulzura a los superlativos de lo terrible (o viceversa), como si el “orden simbólico” necesitara reconstituirse para decir lo que apartamos con violencia de la mirada y nos impulsara a quebrantarlo como acto de resistencia.

Nada semejante, pues, a una “sintaxis homicida”. Escritura de la fragilidad, de un mundo arruinado por el daño, pero también por esa inocencia de las “nuncaamadas”, de las tía-abuelas que bajan las persianas a la siesta para dormir como niñas en una habitación trémula, con “el clamor de las cigarras/ reverberando en el cráneo”. De la magia que, a pesar de lo improbable, ocurre. O como dice magistralmente la autora: “El milagro que acontece siempre en voz baja”.



Y en voz baja escribe Laura Giordani. Con la suave firmeza de quien reconstruye una temporalidad extemporánea: lo que persiste en la atemporalidad de lo inconsciente. Lo que sigue murmurando, con su dolor antiguo y su pulso persistente, con la delicadeza de un discurso poético que se ha desprendido de ese tono declamatorio e imperativo que a menudo adopta cierta poesía con presunción crítica. La escritura aquí, por el contrario, se hace inscripción de un trazo que se ha desplazado de todo deseo de soberanía: persiste, más bien, como huella de una herida que construye un lugar para la reparación (no el olvido), el cuestionamiento a una herencia histórico-política atravesada por la devastación, la vuelta hacia lo que está «fuera de campo», en suma, aquello que las máquinas de visión hegemónicas apartan. Sólo entonces la promesa puede alzarse otra vez sin convertirse en una forma de engaño o en un falso consuelo. Los versos de “El juego en que andamos” de Gelman resuenan aquí: desterrados del paraíso, no queda más que “esta esperanza que come panes desesperados”[i]. Las afiliaciones de Antes de desaparecer, aunque difíciles de reconstruir, podrían proliferar: próxima a poetas como Alejandra  Pizarnik o Arnaldo Calveyra, Juan L. Ortiz,  Juan José Saer o Juan Carlos Bustriazo, la autora escarba hacia atrás en la tierra negrísima del corazón para que la posibilidad de lo por venir no quede fijada como mera repetición. No es extraño entonces que interrogue “esa paz imperturbable de los suicidas” y busque en la ternura o en la experiencia amorosa una posibilidad de amparo.

A través de ese duelo de la historia colectiva y personal, enlazadas e inseparables, el sujeto puede recuperar su facultad transformadora, fuera de una dimensión estrictamente programática. Inventar otros verbos. Otras formas de construir con el otro: esa infinita responsabilidad que nos atañe frente a los demás, pero también frente a una naturaleza arrasada. Infinitivos para la existencia. Allí donde la sombra del duelo arroja otra luz sobre lo porvenir. En efecto, los archivos de la memoria –como alguna vez señaló Derrida[ii]- son una cuestión de porvenir: se regresa para inventar una infancia que nos aguarda. El movimiento no puede ser más pertinente y admite recontextualizaciones diversas, incluso en un país como España, donde la dificultad para acceder a los archivos (el olvido institucionalizado como «ley de memoria histórica») dificulta la construcción de una sociedad justa.

Habrá que insistir en esa indisociabilidad de lo vivido y la historia más amplia en que se inscribe, aun cuando Antes de desaparecer elude de forma deliberada un imaginario plagado de tópicos que erróneamente se asocia a la «poesía comprometida». Pero apenas hace falta decirlo: cuando la poesía nos compromete efectivamente con algo (un específico proyecto político-existencial) no requiere ninguna declaración: trabaja dentro, en la elección del barro, en el giro hacia aquello que vibra, inerme, resistiendo la crecida. Entonces un poema puede decir «bondad», sin ruborizarse ante la evidencia abrumadora del mal que nos corroe el pecho.

Regresar a la infancia que nos aguarda, pues, no como algo dado, sino como aquello que el verbo (su performatividad), a través de nueve infinitivos, vuelve a hacer posible. Ese mundo maravilloso que tiembla en lo minúsculo. Con la conmoción de lo que se dice a la intemperie. Con la singularidad imprescindible de quien escribe con “las rodillas lastimadas”, pero también con las varas del zahorí que busca el agua subterránea que urgimos. Volviendo a creer en los pequeños milagros –una segunda inocencia “resucitando helechos después de la helada” en busca de esa luz que traen “sus ojos menta-arrancada-del-corazón, aquel verde in-tacto”.
 
Arturo Borra




[i] Gelman, Juan (1999): 53 poemas, Grijalbo, Buenos Aires, p. 52.
[ii] “(…) la cuestión del archivo no es, repitámoslo, una cuestión del pasado. No es la cuestión de un concepto del que dispusiéramos o no dispusiéramos ya en lo que concierne al pasado, un concepto archivable del archivo. Es una cuestión de porvenir, la cuestión del porvenir mismo, la cuestión de una respuesta, de una promesa y de una responsabilidad para mañana. Si queremos saber lo que el archivo habrá queri­do decir, no lo sabremos más que en el tiempo por venir. Quizá. No mañana sino en el tiempo por venir, pronto o quizá nunca. Una mesianicidad espectral trabaja el concepto de archivo y lo vincula, como la religión, como la historia, como la ciencia misma, con una experiencia muy singular de la promesa” (Derrida, Jaques [1997]: Mal de archivo. Una impresión freudiana, trad. P. Vidarte, Trotta, Madrid, p. 44).






Laura Giordani ha publicado Cartografía de lo blando (2005), Materia Oscura (2010, Baile del Sol), Noche sin Clausura (2012, Candela, Ediciones Amargord), Antes de desaparecer (2014, Ediciones Tigres de papel) y la plaquette Celebración del brote (2009, Zahorí-Poesía en minúsculas).

Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías: Antología de Poesía (ECA -Escritores Cordobeses Asociados, 2002), Aldaba (2004) Antología de poetas hispanoamericanos, Cuadernos Caudales de Poesía (Edición Caudal, España, 2007), Los centros de la calle (Editorial Germanías, 2008) y Por donde pasa la poesía (Baile del Sol, 2011)

Asimismo, ha colaborado con algunas publicaciones como "La hamaca de Lona", "Youkali", "Viento Sur", "Ginebra Magnolia", "Eclipse", "The children’s book of american bird", "Confines" (Argentina), "Grumo" (Brasil-Alemania) y "Galerna" (USA).


domingo, 18 de mayo de 2014

"la palabra en la oscuridad" - tres poemas de Isabel Mercadé





Aprender

Aprender
demasiado tarde
aprender
cuando ya no
aprender
cuando el cuerpo
y la piel
como si fueran
de otra
de quién
ya



No sé si

No sé si
buscar
la palabra
en la oscuridad
otro chiché
buscar
dónde



No habrá

Jadeas
en el silencio gris
y espero
carcajadas
respiras
la nada
sin bosque tortuoso
acechas
aves oscuras
un fulgor rojo
súbito estruendo
golpear de alas
que todo acabe
te inmolas
en tu amanecer
sin luz
no habrá


De Amapolas en octubre (Els ulls de Tirèsies, 39, 2013, Barcelona).



domingo, 4 de mayo de 2014

«un laurel pequeñito entre las piedras» -dos poemas de Luz Pichel




NO SE SABE CASI NADA
 A ellas, que saben en el cuerpo de quién es su lugar

La noche dona agua de abundancia,
todo lo deja enlloviznando:
pies la hierba,
cuerpos la estaca de judías,
cabecitas pobres cabecitas el pasamiento
de los astros de la luz a lo neghro.
Parece que quiere saír el sol,
los gatos vanse enjugar
a brincos.

Dos azores se avienen,
averedados,
a ras de las coles del gallinero.
¿Qué tramarán?

Y esa mujer que ghrita ^ en O Souto
como si loca
como local
o como si madre
¿por quién llamará a estas horas?
¿quién le escapó de noche con la hija cativa ^?

Ladran los canes,
¿estoy sola en la casa?




Siempre un ghrito ^ es último, final o derradero. Herradero también, pues grábase nel cuerpo, como en caballo. Pero no es eso lo que se buscaba. Nadie gritó después en esa aldea, nadie ghritó después, nadie allí nunca ghrita nunca allí ya no. Buscar Cativa, buscar póla, buscar pola, buscar mencer. No hay  Cativa allí, no hay risas, no hay póla, no hay pola para un eco ni un albor. Piérdese el vocablo aghochado en una plaga de mimosáceas. Lástima de posibles. Acacia dealbata, bata de aldea cribando harina amarilla de amarillo chillón. Chillón no viene, no será; mimoseira no viene, no se reconoce, dizque el vocablo del clan no es con propiedade. Pero no se perdió, mimoseira, no es vocablo último. No hay que hacer vaticinios oscuros, no. Hay que ghritar, los pueblos.



Cativa ^ es pequeña, bonita, una figura del mencer que rompe, queridiña. Cativa no tiene edade de trabajar, Cativa es mala, desghraciada, ruin, no sirve. Cativasometida, cativapresa. La mujer arrulaba en su dentro una niña cautiva desde lo inmemorial, presa la tenía y bien se ve que sí. 















LO QUE SE VE MIRANDO

Miro a ver qué se ve
por el postigo de la puerta de las marionetas.
A ver qué se escucha.

Y vence las nueces en el nogal,
la hierba en el prado
la tapa del pozo neghro a ras del suelo
la risa que no para de Cativa
una planta silvestre
Cativa toda sucia
una maravilla la raíz en las aghuas negras
las risa retornada de Cativa
Cativa requemada del sol
una maravilla de color naranja a la vera del pozo negro
la risa
un laurel pequeñito  entre las piedras
Cativa
una malva escapada de la guadaña
buena para dormir
la risa de Cativa
Cativa sobra la tapa del pozo negro
Un caballo al galope por el cielo adelante
camino del Findaterra.
Cativa toda sucia requemada del sol
la risa suya
Cativa                        que mátase con la risa mirando brincar
una gallina descabezada.

Paréceme que todo queda puesto en su sitio,


ya me puedo marchar.


De Cativa en su lughar/ casa pechada (Diminutos salvamentos, Madrid, 2013)




Luz Pichel


Luz Pichel (Alén, 1947) es licenciada en Filología Románica y responsable del Centro de Estudios de la Poesía de la Universidad Popular José Hierro de San Sebastián de los Reyes. Su obra poética, de gran calidad y originalidad, ha sido reconocida por importantes premios literarios. Es autora de los libros: El pájaro mudo (Ediciones La Palma, 1990; I Premio “Ciudad de Santa Cruz de la Palma”); La marca de los potros (Diputación de Huelva, 2004; XXIV Premio hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jiménez); Casa Pechada (Fundación Casa Galicia, 2006, XXVI Premio Esquío de Poesía); y El pájaro mudo y otros poemas (Universidad Popular José Hierro, 2004), que reúne la reedición de su primer poemario junto a nuevos trabajos como Ángulo de la niebla, Cartas de la mujer insomne y Hablo con quien quiero. 

Más poemas, aquí.