sábado, 25 de julio de 2015

«Modelos para (des)armar: mínima principia» -una poética del fragmento




 
La carencia de fórmulas estéticas no es impedimento para reflexionar sobre las búsquedas íntimas que sostienen ese oficio sin oficio que es la práctica de la escritura. A modo de aforismos, el presente texto intenta capturar ese movimiento interminable marcado por la disconformidad de lo hallado.
 
“(…) hay que atenerse a lo difícil”. 
J. M. Rilke
 
 
 
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Sin fórmulas: principios mínimos para una escritura que apuntale otro andar, a distancia de la «literatura» como distinción.
 
 
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Más que gestos declamatorios, subvertir los caminos.

 
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Escribir para sostener nuestra soledad ante los otros.
 
 
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La escritura como trabajo subterráneo socava la mitología etérea del talento.

 
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La verdad de un escritor no es diferente a su obra en obras. Cualquier lectura crítica de ella consiste, ante todo, en despojarse de la autoridad mística de su autor.

 
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La disconformidad jalona la práctica de escritura; testimonia una batalla íntima de la que nunca se sale indemne.
 
 
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Rebasar las pertenencias.
Desafiliarse: hacer de la hospitalidad al que viene el devenir de la escritura.
 
 
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No hay extrañamiento si no se horada la ilusión del entendimiento.
 
 
La escritura vive en la extrañeza, aun si eso le supone ser confinada al margen.
 
 
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Cobijar lo singular de los otros: esa difícil, improbable apertura que evita cristalizar lo que fluye, irreductible a los juegos de la filatelia.
 
 
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Erosionar la confusión entre valor y consumo.
 
 
A la seducción como discurso, retornar a la aridez del subsuelo.
 
 
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Abrir la casa del sujeto es romper los espejos que lo encierran.

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Cuestionar el «estilo» como meta: hacerse irreconocible.
 
 
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Recuperar las herencias como un desheredado: desconfiando de toda abundancia.
 
 
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La crítica como aprendizaje es lo contrario a la polémica. Cuando ya no hay puentes, aprender a callar.
 
 
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Subvertir la lengua para subvertirnos.
 
 
Romperse.
 
 
Dejar que en las ranuras asome la posibilidad de otra vida.
 
 
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Erosionar la frontera entre «escritura» y «vida». Aunque no haya más que distancia.
 
 
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Eludir cualquier ficción de neutralidad: no hay palabra inocente.

 
Si escribir es tomar partido, la revocabilidad sobrevuela todo lo dicho. 
 
 
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Hacer de la escritura una forma de interrogación radical, sin clausura para las grietas que abre.
 
 
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No hacer de la necesidad de supervivencia una virtud literaria.

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Sumergirse en el latido de la escritura –constituirla en una lectura inédita de nosotros mismos.
 
 
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Obreros de lo imaginario: más allá de la expresividad espontánea y otras mitologías.
 
 
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En la indefensión de la pregunta, ninguna autoridad subsiste.

 
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La literatura, si no persigue la demolición de cualquier tópico, se convierte ella misma en uno.
 
 
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Nunca llegamos demasiado lejos.

 
La apertura crítica ante el mundo del que somos parte no garantiza nada y, sin embargo, abre la promesa de otro camino.
 
 
 
Arturo Borra

viernes, 10 de julio de 2015

«Por qué se escribe» -un ensayo de María Zambrano


 

 

Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que precisamente por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas. Pero es una soledad que necesita ser defendida, que es lo mismo que necesitar de una justificación. El escritor defiende su soledad, mostrando lo que en ella y únicamente en ella se encuentra.
 

Habiendo un hablar, ¿por qué el escribir? Pero lo inmediato, lo que brota de nuestra espontaneidad, es algo de lo que íntegramente no nos hacemos responsables, porque no brota de la totalidad íntegra de nuestra persona; es una reacción siempre urgente, apremiante. Hablamos porque algo nos apremia y el apremio llega de fuera, de una trampa en que las circunstancias pretenden cazarnos, y la palabra nos libra de ella. Por la palabra nos hacemos libres, libres del momento, de la circunstancia apremiante e instantánea. Pero la palabra no nos recoge, ni por tanto, nos crea y, por el contrario, el mucho uso de ella produce siempre una disgregación; vencemos por la palabra al momento y luego somos vencidos por él, por la sucesión de ellos que van llevándose nuestro ataque sin dejarnos responder. Es una continua victoria que al fin se transmuta en derrota.
 

Y de esta derrota, derrota íntima, humana, no de un hombre particular, sino del ser humano, nace la exigencia del escribir. Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente.
 

Y la victoria sólo puede darse allí donde ha sido sufrida la derrota, o sea, en las mismas palabras. Estas mismas palabras tendrán ahora en el escribir distinta función; no estarán al servicio del momento opresor, sino que, partiendo del centro de nuestro ser en recogimiento, irán a defendernos ante la totalidad de los momentos, ante la totalidad de las circunstancias, ante la vida íntegra.
 

Hay en el escribir siempre un retener las palabras, como en el hablar hay un soltarlas, un desprenderse de ellas, que puede ser un ir desprendiéndose ellas de nosotros. Al escribir se retienen las palabras, se hacen propias, sujetas a ritmo, selladas por el dominio humano de quien así las maneja. Y esto, independientemente de que el escritor se preocupe de las palabras y con plena conciencia las elija y coloque en un orden racional, esto es, sabido. Lejos de ello, basta con ser escritor, con escribir por esta íntima necesidad de librarse de las palabras, de vencer en su totalidad la derrota sufrida, para que esta retención de las palabras se verifique. Esta voluntad de retención se encuentra ya al principio, en la raíz del acto mismo de escribir y permanentemente le acompaña. Las palabras van así cayendo, precisas, en un proceso de reconciliación del hombre que las suelta reteniéndolas, de quien las dice en comedida generosidad.
 

Toda la victoria humana ha de ser reconciliación, reencuentro de una perdida amistad, reafirmación después de un desastre en que el hombre ha sido la víctima; victoria en que no podría existir humillación del contrario, porque ya no sería victoria, esto es, gloria para el hombre.
 

Y así el escritor busca la gloria, la gloria de una reconciliación con las palabras, anteriores tiranas de su potencia de comunicación. Victoria de un poder de comunicar. Porque no sólo ejercita el escritor un derecho requerido por su atenazante necesidad, sino un poder, potencia de comunicación, que acrecienta su humanidad, que lleva la humanidad del hombre a límites recién descubiertos, a límites de la hombría, del ser hombre, que va ganando terreno al mundo de lo inhumano, que sin cesar le presenta combate. A este combate del hombre con lo inhumano, acude el escritor, venciendo en un glorioso encuentro de reconciliación con las tantas veces traidoras palabras. Salvar a las palabras de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndolas, forjándolas perdurablemente, es tras de lo que corre, aun sin saberlo, quien de veras escribe.
 

Por que si hay un escribir hablando, el que escribe “como si hablara”; y ya este “como si” es para hacer desconfiar, pues la razón de ser algo ha de ser razón de ser esto y sólo esto. Y el hacer una cosa “como si” fuese otra, le resta y socava todo su sentido, y pone en entredicho su necesidad.
 

Escribir viene a ser lo contrario de hablar; se habla por necesidad momentánea inmediata y al hablar nos hacemos prisioneros de lo que hemos pronunciado, mientras que en el escribir se halla liberación y perdurabilidad -sólo se encuentra liberación cuando arribamos a algo permanente. Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio, y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable es el oficio del que escribe. Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quién?
 

Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. “Hay cosas que no pueden decirse”, y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tienen que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son los dos acicates que mueven al escritor.
 

El secreto se revela al escritor mientras lo escribe y no si lo habla. El hablar sólo dice secretos en el éxtasis, fuera del tiempo, en la poesía. La poesía es secreto hablado, que necesita escribirse para fijarse, pero no para producirse. El poeta dice con su voz la poesía, el poeta tiene siempre voz, canta dice o llora su secreto. El poeta habla, reteniendo en el decir, midiendo y creando en el decir con su voz las palabras. Se rescata de ellas sin hacerlas enmudecer, sin reducirlas al solo mundo visible, sin borrarlas del sonido. La poesía descubre con la voz el secreto. Pero el escritor lo graba, lo fija ya sin voz. Y es porque su soledad es otra que la del poeta. En su soledad se le descubre al escritor el secreto, no del todo, sino en un devenir progresivo. Va descubriendo el secreto en el aire y necesita ir fijando su trazo para acabar al fin por abarcar la totalidad de su figura... Y esto, aunque posea un esquema previo a la última realización. El esquema mismo ya dice que ha sido preciso irlo fijando en una figura; irlo recogiendo trazo a trazo.
 

Afán de desvelar y afán irreprimible de comunicar lo desvelado; doble tábano que persiguen al hombre, haciendo de él un escritor. ¿Qué doble sed es esta? ¿Qué ser incompleto es este que se produce en sí esta sed que sólo escribiendo se sacia? ¿Sólo escribiendo? No; sólo por el escribir; pues lo que persigue el escritor, ¿es lo escrito, o algo que por lo escrito se consigue?


El escritor sale de su soledad a comunicar el secreto. Luego ya no es el secreto mismo conocido por él lo que le colma, puesto que necesita comunicarle. ¿Será esta comunicación? Si es ella, el acto de escribir es sólo medio, y lo escrito, el instrumento forjado. Pero caracteriza el instrumento el que se forja en vista de algo, y ese algo es lo que presta su nobleza y esplendor. Es noble la espada por estar hecha para el combate, y su nobleza crece si la mano de obra la forjó con primor, sin que esta belleza de forma socave el primer sentido: el estar formada para la lucha.
 

Lo escrito es igualmente un instrumento para este ansia incontenible de comunicar, de “publicar” el secreto encontrado, y lo que tiene de belleza formal no puede restarle su primer sentido; el de producir un efecto, el hacer que alguien se entere de algo.
 

Un libro, mientras no se lee, es solamente un ser en potencia, tan en potencia como una bomba que no ha estallado. Y todo libro ha de tener algo de bomba, de acontecimiento que al suceder amenaza y pone en evidencia, aunque sólo sea con su temblor, a la falsedad.
 

Como quien pone una bomba, el escritor arroja fuera de sí, de su mundo y, por tanto, de su ambiente controlable, el secreto hallado. No sabe el efecto que va a causar, qué va a seguir de su revelación, ni puede con su voluntad dominarlo. Por eso es un acto de fe, como el poner una bomba o el prender fuego a una ciudad; es un acto de fe como lanzarse a algo cuya trayectoria no es por nosotros dominable.
 

Puro acto de fe el escribir, y más, porque el secreto revelado no deja de serlo para quien lo comunica escribiéndolo. El secreto se muestra al escritor, pero no se le hace explicable; es decir, no deja de ser secreto para él primero que para nadie, y tal vez para él únicamente, pues el sino de todo aquel que primeramente tropieza con una verdad es encontrarla para mostrarla a los demás y que sean ellos, su público, quienes desentrañen su sentido. Acto de fe el escribir, y como toda fe, de fidelidad. El escritor pide la fidelidad antes que cosa alguna. Ser fiel a aquello que pide ser sacado del silencio. Una mala trascripción, una interferencia de las pasiones del hombre que es escritor destruirían la fidelidad debida. Y así hay el escritor opaco, que pone sus pasiones entre la verdad transcrita y aquellos a quienes va a comunicársela.
 

Y es que el escritor no ha de ponerse a sí, aunque sea de sí de donde saque lo que escribe. Sacar de sí mismo es todo lo contrario que ponerse a sí mismo. Y si el sacar de sí con seguro pulso la fiel imagen da transparencia a la verdad de lo escrito, el poner con vacua inconsciencia las propias pasiones delante de la verdad, la empaña y oscurece.
 

Fidelidad que, para lograrse, exige una total purificación de las pasiones, que han de acallarse para hacer sitio a la verdad. La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse, sin que ninguna otra presencia se entremezcle con la suya, desfigurándola. El que escribe, mientras lo hace necesita acallar sus pasiones y, sobre todo, su vanidad. La vanidad es una hinchazón de algo que no ha logrado ser y se hincha para recubrir su interior vacío. El escritor vanidoso dirá todo lo que debe callarse por su falta de entidad, todo lo que por no ser verdaderamente no debe ser puesto de manifiesto, y por decirlo, callará lo que debe ser manifestado, lo callará o lo desfigurará por su intromisión vanidosa.
 

La fidelidad crea en quien la guarda la solidez, la integridad de ser uno mismo. La fidelidad excluye la vanidad, que es apoyarse en lo que no es, y lleva a apoyarse en lo que no es, en lo que es de verdad. Y esta verdad es lo que ordena las pasiones. Sin arrancarlas de raíz, las hace servir, las pone en su sitio, en el único desde el cual sostienen el edificio de la persona moral que con ellas se forma, por obra de la fidelidad a lo que es verdadero.
 

Así, el ser del hombre escritor se forma en esta fidelidad con que transcribe el secreto que publica, siendo fiel espejo de su figura, sin permitir la vanidad que proyecte su sombra, desfigurándola.
 

Porque si el escritor revela el secreto no es por obra de su voluntad, ni de su apetito de aparecer él tal cual es (es decir, tal cual no logra ser) ante el público. Es que existen secretos que exigen ellos mismos ser revelados, publicados.
 

Lo que se publica es para algo, para que alguien, uno o muchos, al saberlo, vivan sabiéndolo, para que vivan de otro modo después de haberlo sabido; para librar a alguien de la cárcel de la mentira, o de las nieblas del tedio, que es la mentira vital. Pero a este resultado no puede tal vez llegarse cuando es querido por sí mismo, filantrópicamente. Libera aquello que, independientemente de que lo pretenda o no, tenga por ser para ello, y por el contrario, sin este poder de nada sirve pretenderlo. Hay un amor impotente que se llama filantropía. “Sin la caridad, la fe que transporta las montañas no sirve de nada”, dice San Pablo, pero también: “La caridad es el amor de Dios”.
 

Sin fe, la caridad desciende a impotente afán de liberar a nuestros semejantes de una cárcel, cuya salida ni tan siquiera presentimos, en cuya salida tan ni siquiera creemos.

Sólo da la libertad quien es libre. “La verdad os hará libres”. La verdad, obtenida mediante la fidelidad purificadora del hombre que escribe.
 

Hay secretos que requieren ser publicados y ellos son los que visitan al escritor aprovechando su soledad, su efectivo aislamiento, que le hace tener sed. Un ser sediento y solitario necesita el secreto para posarse sobre él, pidiéndole, al darle su presencia progresivamente, que la vaya fijando, por palabra, en trazos permanentes. Solitario de sí y de los hombres y también de las cosas, pues sólo en soledad se siente la sed de verdad que colma la vida humana. Sed también de rescate, de victoria sobre las palabras que se nos han escapado traicionándonos. Sed de vencer por la palabra los instantes vacíos, idos, el fracaso incesante de dejarnos ir por el tiempo. En esta soledad sedienta, la verdad aun oculta aparece, y es ella, ella misma la que requiere ser puesta de manifiesto. Quien ha ido progresivamente viéndola, no la conoce si no la escribe, y la escribe para que los demás la conozcan. Es que en rigor si se muestra a él, no es a él, en cuanto a individuo determinado, sino en cuanto individuo del mismo género de los que deben conocerla, y se muestra a él, aprovechando su soledad y ansia, su acallamiento de la algarabía de las pasiones. Pero no es a él a quien se le muestra propiamente, pues si el escritor conoce según escribe y escribe ya para comunicar a los demás el secreto hallado, a quien en verdad se muestra es a esta conjunción de una persona que dice a otras, a esta comunicación, comunidad espiritual del escritor con su público.

 
Y esta comunicación de lo oculto, que a todos se hace mediante el escritor, es la gloria, la gloria que es la manifestación de la verdad oculta hasta el presente, que dilatará los instantes transfigurando las vidas. Es la gloria que el escritor espera aún sin decírselo y que logra, cuando escuchando en su soledad sedienta con fe, sabe transcribir fielmente el secreto desvelado. Gloria de la que es sujeto recipiendario después del activo martirio de perseguir, capturar y retener las palabras para ajustarlas a la verdad. Por esta búsqueda heroica recae la gloria sobre la cabeza del escritor, se refleja sobre ella. Pero la gloria es en rigor de todos; se manifiesta en la comunidad espiritual del escritor con su público y la traspasa. Comunidad de escritor y público que, en contra de lo que primeramente se cree, no se forma después de que el público ha leído la obra publicada, sino antes, en el acto mismo de escribir el escritor su obra. Es entonces, al hacerse patente el secreto, cuando se crea esta comunidad del escritor con su público. El público existe antes de que la obra haya sido o no leída, existe desde el comienzo de la obra, coexiste con ella y con el escritor en cuanto a tal. Y sólo llegarán a tener público, en la realidad, aquellas obras que ya lo tuvieren desde un principio. Y así el escritor no necesita hacerse cuestión de la existencia de ese público, puesto que existe con él desde que comenzó a escribir. Y eso es su gloria, que siempre llega respondiendo a quien no la ha buscado ni deseado, aunque sí la presiente y espere para transmutar con ella la multiplicidad del tiempo, ido, perdido, por un solo instante, único, compacto y eterno.

 

 

Zambrano, María (1934): “Revista de Occidente”, tomo XLIV, p. 318, Madrid.

 

sábado, 20 de junio de 2015

"un alfabeto del silencio" - un poema de Roberto Juarroz

 


 
El silencio que queda entre dos palabras
no es el mismo silencio que envuelve una cabeza cuando cae,
ni tampoco el que estampa la presencia del árbol
cuando se apaga el incendio vespertino del viento.

Así como cada voz tiene un timbre y una altura,
cada silencio tiene un registro y una profundidad.
El silencio de un hombre es distinto del silencio de otro
y no es lo mismo callar un nombre que callar otro nombre.

Existe un alfabeto del silencio,
pero no nos han enseñado a deletrearlo.
Sin embargo, la lectura del silencio es la única durable,
tal vez más que el lector.

sábado, 6 de junio de 2015

"...entre una y otra soledad" -un poema de Guadalupe Grande

 


Variación con cerezas en la nieve

Entra y sale el humo de la estación de estar lejos y no saber, es decir, un imán de niebla, un soplo de viento, una sola nota sostenida en el pentagrama de la nieve, y en este ir y venir, en esta grieta de ausencia y retorno, llegas aquí, regresas aquí, te detienes aquí, en este verano de cerezas que proyectan su sombra de cera en la superficie del estanque.
 
Flotan las blancas cerezas, carne votiva sin madurar o migas de pan en la memoria.
 
Y siempre es aquí.
 
Entre las cerezas y la superficie del agua nadan los días por venir: ¿alcanzarán el aire antes de llegar al hueso?

*
 
Se asoma el perro al estanque, lame la vara del zahorí, astrolabio astillado que siempre trae aquí, de estanque en estación, de la puerta al disco que gira, de la moneda al jardín. Y no hay nenúfares ni jazmines, sino blancas cerezas, intactos exvotos de tiempo.
 
Y el obstinado perro con su batuta, con su madeja de fotografías en el laberinto de azogues, aferrando la hora del duelo en su mandíbula en busca de su doméstica fundación, del nicho de días donde enterrar el duro hueso de la cereza, la carne blanca de la raíz.
 
Sea la distancia quien entierre a la distancia.
 
 
 
*
 
 
A la orilla de la conjetura y su viejo abrigo de vértigo gotean las primeras lágrimas de deshielo en la extensa pupila de la piel. Y allí, en el centro sin fin de la nostalgia camina la perpetua simiente del extravío abrazada a la lazada del zapato impar.
 
Un copo de sal, una lágrima en la sombra de la palabra cuyo hueso llamamos nosotros junto al muro donde se borra la caligrafía del tiempo.
 
Es el murmullo del libro arrastrando sus líneas como una peonza, hojarasca en los renglones que se anudan al perro lazarillo del candil para no regresar,
para no llegar antes que la maleta y su abultado vientre donde nada el luminoso acuario crepuscular, las breves pertenencias, las precarias joyas que guían la caravana del éxodo hacia el puntual desierto del viaje.
 
 
*
 
Todo gira sobre su gozne invisible,
viene y va el viento entre las espinas de los días,
viene y va,
nieva espuma de sal bajo las ovaladas criaturas por venir,
nieva sobre el minúsculo lomo de las caídas cerezas,
últimas certezas del porvenir, último hilo, última grieta,
la humedad,
 
pero es un relámpago, un ala, luego quién.
 
 
 
*
 
Danza la espina de cera en el surco de azogue
y a la hora del olvido suena en la pianola el papel horadado por las agujas de la madrugada, mapa de aire en el aire que siempre regresa, laberinto de humo en la caja de los zapatos usados, pauta zurcida de los días, restos de la vida a la orilla de un naufragio blanco.
 
Comienza el día con una púa de nieve, gira el disco, y quién te espera, quién, quién danza sobre la espina de metal, quién gira una vez, otra, otra vez una y otra vez más, gozne de tiempo, brizna de viento, alimento del lazarillo que empuja el pequeño daño en la retina de las estaciones, batuta en la boca del perro, caligrafía muda para el sedal.
 
 
Palabras, tan sólo palabras, una llave de ámbar con un mosquito vivo en el corazón, el animal del olvido siguiendo las migas de ruinas entre una y otra soledad.
 
 
Porque allí podrían caer los ojos hasta no recordar, hasta dejar, entre una y otra oscuridad, un puñado de cerezas, un puñado de levadura en la boca de los muertos, un puñado de sal en las manos de los vivos, allí podrían descender las horas hasta ser sábana transparente, mortaja y velo, limosnera para el pez abisal.
 
Pero, ¿quién vive entre una y otra soledad?
 
 
 
De Mapas de cera, Ediciones del 4 de Agosto, Logroño, 2013.


domingo, 19 de abril de 2015

"Una tela blanca que se raja" -fragmentos de "Hombre en azul" de Óscar Curieses


 
 
 


Lo obsceno es la desnudez. Una forma de belleza: otra.

*

El color como método inconsciente.

*

No tengo nada que decir: todo está en los cuadros.

*

No soy yo quien debe dialogar con los espectadores, sino mis cuadros. Yo soy solo un residuo de ellos, algo de lo que se puede prescindir.

*

Todo el desgarro de mi obra, aunque  no lo haya reconocido abiertamente, parte de un amor trágico e intenta regresar a él.  Pero el retorno a ese amor jamás se alcanza, ni siquiera parcialmente como sucede en los griegos o en Shakespeare. De ahí toda mi violencia.

*

(Dyer). No se puede llenar el vacío, solo atravesarlo.
 

 
 
*

Sin límite no hay posibilidad.

*

Ser ciego al pintar, justo ahí la pintura se empieza a ver.

*

No me interesa el silencio en la pintura, sino la soledad.

Es erróneo concebirlos como sinónimos. La soledad habla continuamente, incluso grita.

*

Todo autorretrato es otro.

*

No intento decir nada en mis cuadros, dejo que sean ellos quienes digan o callen, pero en su propio lenguaje.

Los distintos niveles de la misma cicatriz, la expresión de la superficie.

*

Iluminar la oscuridad, no para apagarla, sino para mostrarla.

*

Dar forma a lo ilimitado.

*

Hay que volver a preguntar: ¿Qué es un desnudo?

*

Nadie puede pintar por nosotros, ahí reside nuestra soledad.

 

 
*
Sólo demasiado es suficiente.

*

Yo: una cicatriz del tamaño de mi estatura.

*

Siempre proyectamos nuestras carencias.

El cuadro también.

*

Explicar un cuadro siempre es sinónimo de fracaso o de asesinato.

*

Mi pintura no es un diario de mi vida, es más adecuado a la inversa: mi vida es el diario de mi pintura.

*

Sólo yendo demasiado lejos conseguirás llegar donde te propones.

*

Todo autorretrato es también una máscara.  

*

Camino en esa dirección y me adentro en la oscuridad. En ese instante, escucho el ruido de una tela blanca que se raja.
 
 
Óscar Curieses, de Hombre en azul
 
 
* Pinturas de Francis Bacon
 
 
 
 

sábado, 28 de marzo de 2015

«Manifiesto Letrista» (1942) -Isidore Isou


 


A. Lugares comunes sobre las palabras

 

Patético I El florecer de las erupciones de energía nos trascienden.

Todo delirio es expansivo.

Todos los impulsos escapan al estereotipo.

Fijo I La experiencia íntima conserva detalles curiosos.

Patético II Emisiones se transmiten por medio de nociones.

¡Qué diferencia entre nuestras fluctuaciones y la

brutalidad de las palabras!

Siempre ocurren transiciones entre los sentimientos y el habla.

Fijo II La palabra es el primer estereotipo.

Patético III ¡Qué diferencia entre el organismo y los orígenes.

Nociones - ¡qué diccionario heredado! Tarzán aprendió

a llamar gatos a los tigres en el libro de su padre.

Nombrando a lo Desconocido por lo Eterno.

Fijo III La palabra traducida no es capaz de expresar.

Patético IV La rigidez de las formas impide su transmisión.

Estas palabras son tan pesadas que la corriente no puede trasladarlas.

Los temperamentos desfallecen antes de cumplir su meta

(tirando salvos al aire).

Ninguna palabra es capaz de transportar los impulsos que uno

quiere mandar con ella.

Fijo IV PALABRAS permiten la desaparición de alteraciones psíquicas Habla resiste efervescencias.

Nociones requieren expandirse a formulas equivalentes.

PALABRAS Fracturan nuestro ritmo.

por su Asesinan la sensibilidad.

mecanismo, Inconsideradamente uniforme

fosilización Inspiración torturada.

estabilidad Torcer tensiones.

y envejecimiento Presentan exaltaciones poéticas como inútiles.

Crean gentileza.

Inventan diplomáticos.

Promueven el uso de analogías

Substituto de verdaderas emisiones.

Patético V Si uno hace economía con las riquezas del alma, uno marchita

lo restante junto con las palabras.

Fijo V Impide que la corriente se enmohezca en el cosmos.

Forma especies en sentimientos.

PALABRAS Destruyen sinuosidades.

Resultan de la necesidad de determinar cosas.

Ayudan a los ancianos a recordar forzando a los jóvenes a olvidar.

Patético VI Toda victoria de la juventud ha sido una victoria sobre las palabras.

Toda victoria sobre las palabras ha sido una victoria fresca y joven.

Fijo VI Resumir sin saber como recibir.

Es la tiranía de los simples sobre los puntillosos.

PALABRAS Disciernen con demasiada concreción como para dejar espacio para la mente.

Olvidar la verdadera medida de la expresión: sugerencias.

Permitir que las infrarrealidades desaparezcan.

Filtrar sin restaurar.

Patético VII Uno aprende palabras al mismo tiempo que buenos modales

Sin palabras ni modales uno no puede aparecer en sociedad.

Es progresando con las palabras que uno progresa socialmente.

Fijo VII Mata evocaciones pasajeras.

Aminorar el uso de abreviaciones y aproximaciones.

EL HABLA Es siempre lo viceversa de no ser idéntico.

Elimina a los individuos solitarios que querrían integrarse a la sociedad.

Fuerza a la gente que diría "En cambio" a decir "Por eso".

Introduce el tartamudeo.

Patético VIII La construcción de las palabras para que duren para siempre fuerzan al hombre a construir de acuerdo con figuras, como niños.

No existe apreciación de valores en las palabras

Fijo VIII Las palabras son las grandes niveladoras.

Patético IX Las nociones limitan la apertura hacia la profundización estando entornadas.

Fijo IX Las palabras son atavíos familiares.

Los poetas agrandan palabras cada año.

Se han remendado tanto las palabras que quedaron con costuras.

Patético X La gente piensa que es imposible romper palabras.

Fijo X Los sentimientos únicos son tan únicos que no se pueden

popularizar. Los sentimientos que no tienen palabras en el diccionario, desaparecen.

Patético XI Cada año miles de sentimientos desaparecen por falta de una forma concreta.

Fijo XI Los sentimientos exigen un espacio para vivir.

Qué extraordinaria la descorazonada absorción del poeta en las palabras.

Las cosas y nada que comunicar son cada día más importantes.

Patético XII Los esfuerzos para la destrucción atestiguan por la necesidad de reconstruir.

Fijo XII ¿Cuánto tiempo más nos aferraremos al dominio empequeñecido de las palabras?

Patético XIII El poeta sufre indirectamente:

Las palabras siguen siendo el trabajo del poeta, su existencia, y su tarea.

 
B. Innovación I

Destrucción de las PALABRAS en favor de las LETRAS

ISIDORE ISOU Cree en la posibilidad de elevarse más allá de las PALABRAS; quiere el desarrollo de transmisiones donde nada se pierde en el proceso; ofrece un verbo igual a un shock. Por la sobrecarga de la expansión las formas se valen por sí solas.

ISIDORE ISOU Comienza la destrucción de las palabras a favor de las letras.

ISIDORE ISOU Quiere que las letras constituyan entre ellas todo deseo.

ISIDORE ISOU Hace que la gente pare de usar conclusiones ya dadas por hecho, palabras.

ISIDORE ISOU Muestra otra salida de las PALABRAS y la RENUNCIA:

LETRAS. El creará emociones contra el lenguaje, por el

placer de la lengua.

Consiste en enseñar que las letras tienen un destino más que integrar las palabras.

ISOU Descompondrá las palabras en letras.

Cada poeta integrará el todo al Todo.

Todo debe ser revelado por las letras.

NO SE PODRÁ REHACER MÁS POESÍA.

ISIDORE ISOU EMPIEZA

UNA NUEVA VENA DE LIRISMO.

Cualquiera que no pueda dejar las palabras de lado que se quede con ellas!

  
C. Innovación II: El Orden de las Letras

Esto no quiere decir destruir palabras por otras palabras.

Ni forjar nociones para especificar matices.

Ni tampoco mezclar términos para que abarquen más sentidos.

Pero sí quiere decir TOMAR TODA LETRA COMO UN TODO; REVELANDO ANTE ESPECTADORES DESLUMBRADOS MARAVILLAS CREADAS CON LAS LETRAS (ESCOMBROS DE LA DESTRUCCIÓN);

CREANDO UNA ARQUITECTURA DE RITMOS LÉTRICOS;

ACUMULANDO LETRAS FLUCTUANTES EN UN MARCO PRECISO;

ELABORANDO ESPLÉNDIDAMENTE EL CORTEJO ACOSTUMBRADO;

COAGULANDO LAS MIGAS DE LETRAS PARA HACER UNA VERDADERA COMIDA; RESUCITANDO LA MEZCLA EN UN ORDEN MÁS DENSO;

HACIENDO ENTENDIBLE Y TANGIBLE LO INCOMPRENSIBLE Y VAGO; CONCRETANDO EL SILENCIO;

ESCRIBIENDO LA NADA.

Es el rol del poeta avanzar hacia recursos subversivos.

la obligación del poeta avanzar en las negras y onerosas profundidades de lo desconocido.

el oficio del poeta abrir otra puerta más del cuarto de tesoros para el hombre común.

El mensaje del poeta tendrá nuevos signos. El orden de las letras se llamará:

LETRISMO.

No es una escuela poética, sino una actitud solitaria.

EN ESTE MOMENTO: LETRISMO = ISIDORE ISOU.

Isou aguarda a sus sucesores en poesía!

(¿Existen ya en alguna parte preparados para avanzar en la historia mediante los libros?)

EXCUSAS PARA PALABRAS INTRODUCIDAS A LA LITERATURA

Hay cosas que existen sólo por virtud de su nombre.

Hay otras que existen pero dada la ausencia de un nombre permanecen ignoradas.

Toda idea necesita una tarjeta de introducción para que se le conozca

Las ideas se conocen por el nombre de su creador.

Es más objetivo nombrarlas de acuerdo a sí mismas.

LETRISMO ES UNA IDEA QUE

SERÁ LAMENTADA POR SU REPUTACIÓN

Letérico es un material que siempre puede ser demostrado..

Semillas de Letérico ya existen:

PALABRAS SIN SENTIDO;

PALABRAS CON SIGNIFICADOS OCULTOS EN SUS LETRAS;

ONOMATOPEYAS.

Si este material existió antes, no tuvo un nombre por el cual ser reconocido.

Trabajos Letéricos serán aquellos que se compongan enteramente de estos elementos, pero con reglas y géneros adecuados!

La palabra existe y tiene el derecho de perpetuarse.

ISOU ESTÁ LLAMANDO LA ATENCIÓN A SU EXISTENCIA.

Depende del Letrista el desarrollo del Letrismo.

El Letrismo ofrece una poesía DIFERENTE.

EL LETRISMO impone una POESÍA NUEVA.

AVALANCHA LETRISTA ES ANUNCIADA.
 
 
Isidore Isou, "Manifiesto Letrista" En Introduction à une Nouvelle Poésie et une Nouvelle Musique, París: Gallimard, 1947.
 
Fuente y Traducción: Paula Einöder-Boxer